Francisco Faig
Francisco Faig

Tercera posición

Las elecciones de 2019 dejaron claro que el país está políticamente polarizado. Por un lado, la coalición de izquierdas del Frente Amplio (FA), donde son hegemónicas sus expresiones más radicalizadas.

Por otro lado, una coalición plural de gobierno formada por cinco partidos.

Este escenario es muy distinto al de los años 80 y 90. En ese entonces algunos integrantes blancos o colorados de aquellos gobiernos de coaliciones más o menos fuertes podían apostar a marcar estratégicamente un perfil distinto al del cerno del oficialismo, cuando el tiempo electoral así lo indicaba. Distinguirse un poco para sumar voluntades decepcionadas aquí o allá, pero sin romper del todo de forma de también agregarse los apoyos más pro- gobierno, era un planteo que suponía que la elección se jugaba en un espectro de opciones que excluía, naturalmente, al FA.

Es por ello que las coaliciones de esas décadas tenían incentivos para romperse (al menos parcialmente) en pleno quinquenio de gobierno: había que dar señales al electorado con cierta antelación, y prepararse además para competencias interpartidarias e intrapartidarias muy fuertes. Así las cosas, esas estrategias podían ser razonables con esas reglas de juego. Pero todo eso cambió: primero con el balotaje instaurado en 1997, y luego con la mayor polarización generada por un FA que desde hace 20 años que representa, al menos, al 39% del electorado.

Ese cambio quedó muy claro en 2019: aquellos que apostaron por una estrategia que desdeñó la polarización, fracasaron con estrépito. El Partido Independiente (PI) quizá sea el mejor ejemplo: se negó a aceptarla, y pasó de un senador y tres diputados en 2014 a un solo diputado y por restos en 2019. En otro registro, la agrupación del diputado colorado Amado renegó por años de esta polarización; tarde y mal terminó adhiriendo radicalmente a ella en octubre 2019; no logró su supervivencia política; y su expresión electoral fue tan menguada como la del PI.

Los dirigentes del FA, analistas y politólogos (en general pro-zurdos) que se obsesionan por predecir que la coalición multipartidaria que apoyó a Lacalle Pou en noviembre se romperá más temprano que tarde, no parecen darse cuenta de que las reglas de juego hoy son muy diferentes a las de los años 80 y 90. Cualquier dirigente de peso de los partidos que conforman la coalición multicolor, y que tenga al menos dos dedos de frente, ya entendió lo que todos ellos no alcanzan a descubrir, y es que fuera de la coalición multicolor no hay salvación para nadie. No hay ningún espacio para terceras posiciones.

A partir del 1° de marzo, o se está del lado del gobierno o se está del lado del FA. Y eso tiene al menos dos consecuencias. Primero, que no hay incentivos para romper la coalición gobernante, porque sencillamente no hay dónde ir (a no ser un salto mortal al FA). Segundo, que sí hay incentivos para que alguno de los principales dirigentes de la coalición se transforme en su mejor abanderado, capaz de seducir además al electorado de los demás partidos que sumaron en el balotaje con Lacalle Pou.

Si por último al gobierno le va muy bien, entonces ese mejor abanderado tiene grandes chances de consolidar las mayorías de la coalición de 2019 en su favor. Podrá soñar legítimamente con la presidencia en 2024.

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