Francisco Faig
Francisco Faig

Solitario con trampas

La crisis en el ministerio de Defensa y sus graves derivaciones no deben hacernos perder el norte de cuáles son nuestras discusiones esenciales para este año políticamente decisivo. Ellas nada tienen que ver con lo ocurrido en dictadura.

Somos un país envejecido cuya agenda política está muy marcada por las prioridades de la generación que transitó su mediodía vital hace ya unas cuatro décadas. Además, para la izquierda cultural y política, que viene muy golpeada por la corrupción y el mal desempeño de su gobierno, hay sencillos temas que abroquelan fuerzas y unen corazones, como es el caso, sin duda, de la tragedia sufrida durante la dictadura.

La zurda tentación luce entonces casi como que inevitable, y sobre todo cuando de golpe surgen crisis de la envergadura de la del pasado lunes: dedicar energía, tiempo y argumentos a volver sobre los mismos temas, una y otra vez, para fijar nuevamente las posiciones que ya todos sabemos tendrá cada uno, y que todas ellas refieren a realidades que ya no se pueden cambiar. Son historias y memorias que involucran a un país del pasado que, conservador y resentido, prefiere volver a discutir sobre lo mismo de siempre antes que mirar de frente sus verdaderas prioridades.

El tabú es tan grande que, por ejemplo, cuando el precandidato blanco Sartori declaró hace unas semanas que todos estos temas vinculados a la dictadura no son de interés para la gente, la policía interna al servicio de la hegemonía cultural oficialista lo llamó al orden. Pero lo cierto es que quien tiene toda la razón es Sartori: al Uruguay de verdad, el de las mayoritarias clases medias y populares que sobreviven con salarios menguados y sufren servicios públicos esenciales muy deficientes, les importa muy poco las consecuencias de las declaraciones de un deleznable torturador de 1973.

Ahí afuera, lejos del ombligo ideologizado, pasan cosas muy graves que tenemos que enfrentar de una vez por todas. ¿Es viable un país en el que, redondeando, solo 10.000 de los 50.000 que cumplen 18 años terminan secundaria? ¿Respeta los derechos humanos un país en el que se asesina al menos a un preso por mes en sus cárceles? ¿Tiene futuro un país del cual emigran por año miles y miles de sus jóvenes mejor formados y que, a su vez, presenta las peores tasas de homicidios del mundo en los barrios periféricos de su capital? Estas preguntas abarcan lo social. Hay otras igual de graves, por ejemplo, en lo económico.

Entonces, ¿de verdad vamos a ceder a la zurda tentación de llover sobre mojado? ¿Seremos, como ciudadanos, tan adolescentes irresponsables de preferir volver sobre una agenda vieja y archidiscutida, en vez de enfrentar con coraje los cambios que nos devuelvan un país con esperanza de un futuro mejor? ¿Vamos a ser tan miserables con las nuevas generaciones de uruguayos, de acurrucarnos temerosos cuando la horda izquierdista (casi siempre acomodada cerca del poder) nos acuse de fachos, porque nos neguemos a volver a poner en el centro de atención a Gavazzo, a Gomensoro y a todas las inmundicias de esa vieja generación que hace medio siglo tanto daño le hizo al Uruguay, y queramos discutir sobre lo que realmente importa aquí y ahora?

El país de verdad no soporta más viruviru. Basta de trampas al solitario.

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