Francisco Faig
Francisco Faig

¿Por qué sigue bajando?

Llama la atención la baja en la intención de voto al Frente Amplio en todas las encuestas. Todo el mundo creía, cuando Vázquez lanzó su candidatura a fines de 2013, que la tarea electoral para instalar la restauración galena sería un trámite y no un calvario. ¿Cómo se explica esta decepción vazquista?

Llama la atención la baja en la intención de voto al Frente Amplio en todas las encuestas. Todo el mundo creía, cuando Vázquez lanzó su candidatura a fines de 2013, que la tarea electoral para instalar la restauración galena sería un trámite y no un calvario. ¿Cómo se explica esta decepción vazquista?

Primero, está la acumulación de errores y cambios en la estrategia de qué decir en campaña. Encerrado en su mundo autocomplaciente, el equipo de campaña fijó el “vamos bien de verdad”. No estaba, ni cerca, de ser lo que la gente pensaba. Porque nadie niega que estamos mejor que en 2002, pero tampoco nadie niega que hay problemas serios por resolver. Y Vázquez, de entrada, defendió la política educativa y la de seguridad. No dio resultado. Cambió por un “no se detiene” que tampoco resultó inteligente, porque nadie está planteando detener nada. A los Michelini y las Xavier les encantaría que hubiera una fuerza de reacción conservadora del otro lado. Pero no existe.

Segundo, está la falta de contenido de las propuestas de Vázquez. El sistema de cuidados o las tablets para jubilados o la reforma constitucional no son prioridad para los uruguayos. El 6% para la educación amagó con dar prioridad al asunto, pero la gente ya sabe que no se arregla solamente con más plata, por tanto fue una propuesta a medias sobre la cual nunca se quiso debatir nada. En seguridad, el candidato sigue defendiendo la política actual que sigue sin dar resultados. Se abraza a la política de su hermano y queda atado a sus declaraciones fascistas. Según la letra de tango que conoce de sus años juveniles, quedó “como abrazado a un rencor”.

Tercero, está la crítica cómoda de los años noventa. Felices porque conocen bien el libreto, se lanzaron los Michelini y las Xavier a repetir su blablablá legitimado por el talante del galeno. Tampoco funcionó. Hasta los del mismísimo comité les dijeron que eso ya fue. Enfrente tienen a un candidato de 41 años y un equipo de cuarentones sin complejos. En los noventa, mientras Vázquez ya era un señor que tenía cincuenta y tantos, todos estos eran estudiantes veinteañeros. No existe responsabilizarlos por los errores de los noventa. La gente se da cuenta y no te lo lleva.

El problema es que el equipo de Vázquez se puso como un viejo terco. El candidato contragolpea irritado. Habla de Menem (un ilustre desconocido para la mayoría del país); duerme una pelota haciéndose el joven; contesta algo (nunca todo) sobre sus tareas bajo la dictadura; apuesta por hamburguesas; se ofusca. En todos los casos, nunca elige el terreno de disputa. Cuando el jefe sale tan destemplado, el nerviosismo se contagia. Así, algunos intentaron sembrar dudas sobre la capacidad de gobierno de los partidos tradicionales; otros, los socialistas, hacen campaña opinando sobre la campaña del candidato blanco; y finalmente, la pléyade de analistas filo- izquierdistas declara que la estrategia nacionalista es puro marketing sin contenido.

Todavía falta mucho para octubre. Pero esta izquierda caudillista no parece poder zafar del talante terco y ofuscado de su candidato. Su anquilosamiento ideológico, su falta de renovación generacional y su obesidad por la gula de las mieles del poder parecen pasarle factura. Si la barra, además, cede a la desesperación ante la chance de perder sus regordetes contratos y prebendas, la perspectiva solo puede empeorar.

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