Francisco Faig
Francisco Faig

El sentido común

En una reciente columna de La Nación, Jorge Fernández Díaz escribió sobre el decadente "sentido común" de los argentinos. Es un tema que merece atención también de este lado del Río de la Plata.

El artículo cita al gran historiador Luis Alberto Romero que afirma que se fue formando en Argentina un pensamiento único, heterodoxo, plagado de clichés, errores y malentendidos, sostenido por distintos actores políticos y sociales y sobre todo, por grandes mayorías de ciudadanos de a pie. Señala que "estamos aludiendo al piloto automático del nuevo pensamiento nacional. Que fue amasado por una confluencia de ideologías y por una serie de escritores con gran talento para borrar realidades y construir mitos, y que terminó penetrando el sistema educativo público y privado. Las facultades y las escuelas son, desde hace rato, fábricas incesantes de "relatos" y de prejuicios".

Lo importante es que tanto aquí y como allá, ese sentido común ciudadano que refiere al universo simbólico, a la matriz cultural y a las percepciones generales que dan cuenta de la realidad que envuelve al individuo, es finalmente el principal responsable de nuestra común incapacidad de tomar una senda duradera de desarrollo económico y social.

Para el caso uruguayo, no hay fuerza política capaz de ponerlo en tela de juicio, porque entre otras cosas arriesga a perder con ello enorme capital electoral. Y no hay actor social o cultural relevante que lo contraríe con argumentos, porque ese sentido común no existe en un lugar de debates y razones públicas sino que pervive en el dogmatismo de las creencias y las identidades más profundas.

La mejora del poder adquisitivo depende de los consejos de salarios; el mundo sufre una crisis económica de la que hemos estado a salvo gracias a la izquierda; cualquier cambio de propiedad en las empresas públicas es neoliberalismo entreguista; los empresarios son dañinos y la apertura comercial y económica es negativa; el mercado y el lucro son malas palabras: todas estas ideas, a veces con matices, forman parte del credo de nuestro sentido común ciudadano.

Así las cosas, el problema no es solamente la activa militancia ideológica de inspiración "constanzamoreirista", por llamarla de alguna forma, que por definición considera fachos a todos quienes escribimos en esta página, y que alimenta en historia, economía y ciencias sociales los peores prejuicios y dogmas de los que se terminan nutriendo estas ideas tan extendidas.

El problema más grave es que ese sentido común está equivocado en la realidad de los hechos. Solo puede conservar vigencia en la necedad que evita debates —los presidenciales con presencia frenteamplista, por ejemplo, no ocurren desde 1994— o en el encierro de anteojeras que impidan ver el mundo. Sus certezas no resisten la confrontación de datos y estadísticas.

La verdad es que el poder adquisitivo ha mejorado sin consejos de salarios; no hay crisis económica mundial ni la izquierda nos salvó de nada; las mejores empresas públicas del mundo no tienen la estructura de propiedad de las nuestras; y sin empresarios, apertura, mercado y lucro, no hay desarrollo posible. Sin embargo, nuestro errado sentido común es tan fuerte que mucha gente no creerá que todo lo que acabo de escribir sea verdad. E pur si mouve.

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