Francisco Faig
Francisco Faig

El riesgo reaccionario

Para entender el perfil de los ciudadanos que participan más activamente de la vida política sirve el concepto de minorías intensas de Sartori. Se trata de grupos pequeños de ciudadanos que viven con pasión las cuestiones políticas.

Para entender el perfil de los ciudadanos que participan más activamente de la vida política sirve el concepto de minorías intensas de Sartori. Se trata de grupos pequeños de ciudadanos que viven con pasión las cuestiones políticas.

Son minorías generalmente dogmáticas, sectarias o fanáticas; ven todo en blanco y negro; el mal todo de un lado y el bien todo del otro (el suyo propio). Sartori escribe que en este caso la intensidad y la cognición tienen una correlación negativa, por lo que en estas minorías intensas triunfa “la mente cerrada sobre la mente abierta”.

Cuando se pierde tres veces consecutivas elecciones por amplio margen, y el rival las tres veces obtiene mayoría absoluta en el Parlamento, hay un enorme desafío para los partidos de oposición. Se trata de no quedar rehenes de minorías intensas dominadas por la mente cerrada, y a veces también, envenenadas por el rencor de tantos fracasos.

El riesgo es guarecerse tras los argumentos más reaccionarios y dejar de esforzarse por entender lo que ocurre en la sociedad y la política. Es no poner en tela de juicio las viejas certezas, para evitar tener que cambiar de posición. En definitiva, el riesgo es traicionar la finalidad propia de un partido político, que es ganar elecciones y gobernar, para quedarse protegido entre conocidos que mantienen las sempiternas convicciones de siempre.

En una sociedad fracturada, la minoría intensa y acomodada creerá que los pobres son todos frenteamplistas, y refunfuñará contra ellos como si fueran salvajes. En una sociedad laica y moderna, la minoría intensa y conservadora reivindicará comportamientos sociales tan añejos y reaccionarios, que solo pueden servir de referencia moral a algún ensimismado monaguillo de aldea.

En una sociedad acostumbrada a pactos partidarios, las minorías intensas y autorreferenciales proclamarán la pureza de los principios y las proclamas políticas de hace un siglo, con tal de no asumir los cambios impuestos por un nuevo sistema de partidos. En una sociedad que emprende reformas en vastos campos sociales y de gobierno, las minorías intensas buscarán cualquier excusa para denostarlas, y negar así cualquier buen resultado que venga de la izquierda.

Cuanto más peso tenga esta fuerza reaccionaria, menos posibilidades hay que los partidos de oposición ganen la confianza de las mayorías populares. Las minorías intensas, se sabe, no tienen la cintura, curiosidad, empatía y preocupación por sintonizar con esas mayorías. Enojadas, malheridas y radicales, se hacen aún más intensas, y evitan cualquier nueva idea que pueda ponerlas en jaque.

La apertura de los partidos de oposición a la reflexión, al debate y a la mayor diversidad social y política no es solo una cuestión de supervivencia elemental para mejorar propuestas y cuadros dirigentes. Es también y sobre todo, un poderoso instrumento para contrarrestar el peso de este talante reaccionario que, infelizmente y por causa de la acumulación de fracasos, tiende a hacerse cada vez más protagónico.

Este problema no es solo de la oposición, sino que es del país todo. Porque una oposición reaccionaria dominada por minorías intensas quita complejidad y riqueza al debate político, y no obliga al gobierno a tener que ser más exigente en sus propuestas. Porque en este Uruguay, a los reaccionarios, la izquierda hegemónica les gana sin esfuerzo alguno.

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