Francisco Faig
Francisco Faig

La verdadera realidad

Nadie en esta campaña electoral pondrá en duda de que estamos económicamente mejor que hace diez años. Sin embargo, nuestra sempiterna y provinciana tendencia a la auto complacencia colectiva, evitará prestar atención a los graves problemas sociales que persisten y que, además, son frecuentemente disimulados por la cultura hegemónica de izquierda. El más grave de ellos es el de la fractura social, sobre todo para las nuevas generaciones.

Nadie en esta campaña electoral pondrá en duda de que estamos económicamente mejor que hace diez años. Sin embargo, nuestra sempiterna y provinciana tendencia a la auto complacencia colectiva, evitará prestar atención a los graves problemas sociales que persisten y que, además, son frecuentemente disimulados por la cultura hegemónica de izquierda. El más grave de ellos es el de la fractura social, sobre todo para las nuevas generaciones.

Según las pruebas PISA 2012, el 47% de los estudiantes liceales se ubica por debajo de los niveles mínimos de lectura establecidos en el parámetro internacional. Pero cuando se trata de los estudiantes que provienen de contextos socialmente muy desfavorables, esa cifra trepa al 89%. Además, somos el país de la región que tiene menor índice de culminación de enseñanza secundaria. En el quintil de población de ingresos más bajos, solamente el 20% termina esa enseñanza. Hace ya demasiados años que el ascensor social de la educación pública está roto. El perjuicio mayor es sufrido por los más pobres.

Los resultados del censo 2011 arrojaron que casi 1.068.000 personas, o sea 33,8% del total de la población, vive con al menos una necesidad básica insatisfecha. Pero, de nuevo, la situación más grave es la de las nuevas generaciones: entre la población menor a 14 años, quienes viven con al menos una carencia crítica llegan al 44,3% del total. En Artigas, Cerro Largo, Durazno, Paysandú, Rivera, Salto y Tacuarembó, más del 50% de la población infantil se encuentra en esa situación. La infantilización de la pobreza, a pesar de que no se denuncie más con el vigor propio de los años noventa, sigue tan campante. En Montevideo la situación no es mucho mejor. Según el INE, mientras el 15,7% de la población capitalina vivía por debajo de la línea de pobreza en 2013, la proporción llegaba a 32,8% entre los niños menores de 6 años (uno de cada tres).

En 2011, un estudio del Instituto de Ciencia Política señaló que había al menos 370.000 uruguayos de clase media- baja que permanecían al borde de la pobreza, aunque estadísticamente, para el INE, no formaran parte de esa categoría social. No son pobres. Pero pueden serlo prontamente, si el crecimiento económico decae. Las cifras del instituto Cuesta Duarte van en el mismo sentido. Señalan que en 2012 fueron casi 800.000 los uruguayos ocupados que percibieron remuneraciones líquidas por debajo de los $ 14.000 mensuales (casi la mitad del total). A su vez, por la DGI sabemos que quienes pagan IRPF representan una franca minoría del país: menos del 35% del total.

Esta es la verdadera situación económica y social de gran parte de los uruguayos. No es la que viven los acomodados líderes de opinión, por lo general afines a la izquierda, que han visto sus salarios crecer o sus contratos estatales multiplicarse en la era frenteamplista. Tampoco es la que perciben algunos dirigentes políticos solipsistas, a veces opositores, a veces oficialistas, que confunden mayorías populares con clases medias relativamente acomodadas. Desvaídos, defienden las consignas de éstas, creyendo así que contemplan los intereses de aquellas.

Las elecciones son ganadas por quienes den mayores certezas en la defensa de los intereses populares. No pasa por el reparto de tablets para jubilados. Tampoco pasa por exoneraciones de IRPF. La verdadera realidad es muy distinta. Enfrentarla es urgente.

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