Francisco Faig
Francisco Faig

Protestas y miedo

Las protestas en Carrasco y en Pocitos de estos días no forzarán un cambio en la inseguridad que sufre el país. Es cierto que ella es menos angustiante en esos barrios que la que se soporta en los barrios populares. Pero no deja de ser, igualmente, muy grave. Y los vecinos de Carrasco y de Pocitos, por lo general, cuentan con mayores recursos sociales y culturales que el resto, por lo que lograron hacer más estruendosa su queja.

Las protestas en Carrasco y en Pocitos de estos días no forzarán un cambio en la inseguridad que sufre el país. Es cierto que ella es menos angustiante en esos barrios que la que se soporta en los barrios populares. Pero no deja de ser, igualmente, muy grave. Y los vecinos de Carrasco y de Pocitos, por lo general, cuentan con mayores recursos sociales y culturales que el resto, por lo que lograron hacer más estruendosa su queja.

Sin embargo, hay un problema con la lógica misma de este tipo de protesta que apuesta al bullicio de las ollas y que exige que no haya banderas partidarias. El recurso de las cacerolas es para cuando los ciudadanos no pueden expresar argumentos: así fue, por ejemplo, en tiempos de la dictadura. Pero en democracia, las quejas tienen ámbitos donde poder canalizarse ampliamente: desde la prensa, pasando por el sistema político, las actividades de las organizaciones de la sociedad civil o la difusión en redes sociales.

Por otro lado, la negación de las banderas partidarias tampoco es un buen signo. En democracia, hay alternativas a las políticas del gobierno y ellas se formulan en los partidos de oposición. La queja ciudadana puede naturalmente expresarse a través de banderas de adhesión a tal o cual, sin que ello deba ser interpretado como una deslegitimación de todo un movimiento de protesta. Que haya manifestaciones ciudadanas que incluya gente con banderas partidarias señala, simplemente, que esos partidos están de esa forma presentes y que cumplen así con su tarea de representación política.

La situación de inseguridad es terrible y la responsabilidad es del Gobierno.

¿Qué impide decirlo críticamente y mostrar adhesiones partidarias sin censuras? El miedo. Porque golpear cacerolas y exigir no exhibir banderas partidarias son parte del feroz, silenciado y extendido temor que ha diseminado por años la hegemonía moral de la izquierda en la sociedad. Quien ose desafiar su superioridad, denunciar su camarilla o señalar su ineptitud, será desacreditado por los pequeños estalinistas criollos de comité, con los conocidos descalificativos ad hominem de neoliberal, oligarca puto, etc.

Además, la izquierda se apoya en la culpa interiorizada del que tiene un buen pasar en este país mediocre que no se cansa de premiar el discurso resentido y envidioso de los Mujica frenteamplistas. Y allí hay otra explicación para evitar “politizar” una manifestación: no vaya a ser que se nos acuse de opositores. Que nadie piense que estamos en contra del Frente Amplio. Mejor hagamos ruido con cacerolas y sin dar argumentos.

La inseguridad seguirá empeorando. A pesar de su actual desesperación, en estos años la burguesía nunca estuvo dispuesta a involucrarse en serio en la oposición: ha preferido disfrutar de su burbuja esteña e incluso adherir despreocupada al Frente Amplio. Una millonaria, asidua visitante del quincho de Varela y ahora indignada, lo resumió en Facebook: “¿Viven con seguridad? ¿Están conformes? (…) Esto no es tema de banderas políticas”.

¡Qué trágico tanto privilegio y tanta nadería a la vez, chérie! Pero se entiende: en la estancia, el fuerte olor a tilinguería de tanta bosta vacuna impide asumir las verdaderas responsabilidades ciudadanas.

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