Francisco Faig
Francisco Faig

Política e Iglesias

Hay un mayor protagonismo de las iglesias en la política, ya sea como herramientas proselitistas, como influencias ideológicas sobre los partidos o como grupos de presión que determinan políticas públicas?

El tema se ha planteado para denostar a actores de derecha y a sectores de la oposición. Al ponerse al servicio de las iglesias, todos ellos estarían desvirtuando la tarea política. Se cita el triunfo de Bolsonaro, enancado en fuertes movilizaciones de iglesias cristianas, y preocupa el conocido apoyo de pastores cristianos a la senadora nacionalista Alonso. Incluso el cardenal Sturla, que no dudó en su momento en alinearse políticamente tras el relato izquierdista sobre la tragedia de abril de 1972 en un comité comunista, y que intentó que su virgen María reinara en la rambla de Montevideo (para molestia, entre otros, de muchos protestantes), opinó que no es bueno que una Iglesia apoye a determinado partido.

El planteo olvida, convenientemente, que el partido de Lula se apoyó en los pentecostales para que Roussef ganara las elecciones; que el ahora frenteamplista intendente de Salto hizo primar su convicción religiosa en su votación como diputado sobre la despenalización del aborto; que Andrade es diputada frenteamplista también por sus virtudes de mae umbanda; que el por entonces Intendente Vázquez promovió fuertemente el culto del 2 de febrero a Iemanjá, con monumento en el Parque Rodó incluido; y que hace años se publicitaron las visitas de Bonomi al templo afroumbandista del pae Ángel de Oxala.

Queda claro pues que en estos años la tradición laica no se ha guarecido en los comités de base, y que si se quiere analizar en serio el vínculo entre iglesias y política habría que empezar por dejar de lado los interesados reproches partidistas, para aceptar que en todas partes se cuecen habas, sobre todo en lo que refiere a las expectativas partidarias de servirse de la adhesión religiosa para captar apoyos electorales.

No sé de estudios académicos sólidos sobre dimensiones proselitistas de las iglesias, más allá de que tal o cual candidato se haya apoyado para su tarea en asambleas de Dios o en templos similares. Para llevarlo a un ejemplo cercano al Brasil, es claro que el diputado blanco Amarilla cuenta con apoyos religiosos importantes en Rivera, pero no por ello logró vencer al Partido Colorado en las municipales de 2015.

Las iglesias se transforman en fuertes grupos de presión si logran movilizar a grandes masas ciudadanas en favor de sus causas. No parece que sea el caso. Alcanza con recordar, por ejemplo, que años ha Sturla se alegró porque sus feligreses colocaron unas 30.000 balconeras con motivos religiosos, sobre todo en los barrios capitalinos de la costa. Francamente, no parece una cantidad muy relevante.

Finalmente, lo más grave: si la influencia ideológica de las iglesias hace que políticos argumenten que tienen razón sobre tal o cual tema porque Dios así lo expresa, el debate democrático se hará imposible, porque esa postura impedirá cualquier negociación. En definitiva, ningún argumento es válido frente a una idea expresada nada menos que por Dios. Pero, ¿tienen acaso peso ideas así entre nosotros, o sigue primando nuestra sempiterna, extendida y sutil desconfianza laica?

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