Francisco Faig
Francisco Faig

Peras al olmo

Llaman la atención los disparates a los que apela la izquierda para intentar deslegitimar y desprestigiar al gobierno.

Escribo izquierda en el sentido obvio del Frente Amplio (FA), pero también porque abarca a sus compañeros de ruta académicos- comentaristas que siguen sangrando por la herida de la derrota de 2019.

A modo de recuento no exhaustivo: creer que la coalición que gobierna no tiene sustento ni futuro, a pesar de que aprueba a buen ritmo y con mayoría sólida una ley de urgencia llena de cambios relevantes; intentar persuadir por cualquier medio de que estamos ante un gobierno socialmente insensible, a pesar de que se han tomado decenas de medidas en favor de los más necesitados; afirmar que peligran las libertades y la democracia, o que todo es marketing y publicidad, cuando es evidente que las instituciones republicanas están sólidas y que hay firme acción de gobierno; o intentar ahora sembrar cizaña entre blancos o colorados, luego de procurar debilitar a la alianza multipartidaria en el poder con un tartamudeo que repite, como un mantra místico, Cabildo- Abierto-extrema-derecha.

A pesar de tanto empeño, la izquierda no logra buenos resultados. No solamente las encuestas son unánimes en señalar un apoyo a Lacalle Pou que comparativamente es el más alto de todos desde 1985, sino que también muestran que los uruguayos disconformes representan incluso menos de la mitad del total de los que votaron al FA en octubre pasado.

Esto quiere decir que este discurso de la izquierda, a la vez tremendista y delirante, solo es apreciado por la minoría religiosa de devotos zurdos ortodoxos. Se trata de esos militantes, tanto enjutos como redondas, que creen a pie juntillas que la fiesta del 25 de agosto es en homenaje al comité de base, que entran en trance con sus ojos en blanco cuando hablan del Che Guevara, o que defienden a muerte los legados de Sendic (padre o hijo, tanto da).

Por un lado, semejante autismo político facilita la tarea reformista de un gobierno que aprieta el acelerador de los cambios, a la vez que empieza a mostrar a la opinión pública la herencia de desidia y desgobierno que entregó el FA en demasiadas dependencias estatales. Aunque parezca extraño, sobre todo para quienes sufrieron al infame FA opositor de los años 90, esta izquierda que le habla a su ombligo deja libre una amplia autopista para avanzar en el crecimiento y las mejoras que el país precisa. Así, lo más relevante pasa a ser la capacidad de articulación política interna de la coalición de gobierno, ya que será allí donde de hecho se decidan la hondura y el ritmo de las futuras reformas.

Por otro lado, nunca es bueno para una democracia que los reflejos de quienes ejercen la oposición cultural y política sean tan ruines. Dos ejemplos: precisamos de politólogos que den cuenta del nuevo país que está alumbrando, y no que estén dedicados a operar en favor del FA como si viviéramos en los años 80 y siguieran militando con fervor juvenil en sus comités de base; y precisamos que los dirigentes frenteamplistas de recambio dejen de admirar a Cuba y a cuanto progre, autoritario y corrupto anda en la vuelta, para adherir cabalmente a los valores republicanos de gobierno. Infelizmente, me temo que, en ambos casos, sea como pedir peras al olmo.

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