Francisco Faig
Francisco Faig

Pensamiento mágico

El triunfo de Bolsonaro hace creer a muchos que "a virada já começou" y que la derrota del Frente Amplio (FA) el año próximo será inevitable.

Empero, si se analiza la realidad política, social y electoral del país con calma, se verá que nadie las tiene todas consigo como para hoy asegurar un triunfo.

En favor de las perspectivas del FA hay al menos dos factores. Primero, que sigue en punta en las encuestas, sin siquiera haber definido aún una lista certera de sus precandidatos presidenciales y sin tener a sus principales sectores movilizados en campaña. Cuando el panorama en la coalición se aclare y su tarea proselitista se desarrolle, es razonable pensar que su intención de voto aumente. Segundo, que la renovación generacional, es decir el tiempo largo, sigue jugando a favor del FA: en los períodos interelectorales los jóvenes que llegan a votar son sobre todo simpatizantes del FA, y entre las generaciones más viejas que se van muriendo hay sobre todo blancos y colorados.

El análisis geográfico-social deja entrever algunas debilidades para el voto FA en el Interior. En efecto, el avance electoral de la izquierda en el mundo urbano hizo que en 2014 el resultado promedio de las localidades de más de 65.000 habitantes fuera similar al más alto que el FA recibe en Montevideo. Sin embargo, la movilización del Interior de este año, que fue protagonizada por las clases medias de su mundo productivo, seguramente anunció cierto divorcio con la izquierda. Si los sectores que empujan y distribuyen se caen, como la lechería, el arroz o la agricultura del centro y el litoral, la cadena entera se resiente. Y eso se traduce en rechazo electoral.

Para el caso de las clases medias de Montevideo y Canelones, no termina de quedar claro qué consecuencias electorales tendrán por un lado el ajuste de ingresos y por otro lado la degradación de la convivencia por la mayor inseguridad. Allí pesa mucho la difusa pero fuerte identidad partidaria izquierdista y, en paralelo, las ausencias de años de los partidos desafiantes. Esas clases medias, sin resuello económico, hartas por la inseguridad y cuyas perspectivas de ascenso social parecen bastante bloqueadas, ¿apostarán a un cambio o seguirán creyendo que el FA es capaz de resolver sus problemas? Y las clases populares urbanas, ¿seguirán votando masivamente al FA, o mermará su participación electoral dando cuenta aquí también de la grave anomia social que las aqueja?

Seguramente en esa parte del mundo urbano se juegue el resultado de la elección. Si el FA pierde pie entre las clases medias del Interior más urbano a la vez que es sancionado electoralmente por su fuerte bastión metropolitano, entonces no será tan grande su esperable crecimiento electoral con relación a lo que hoy marcan las encuestas.

Si, por el contrario, logra seducir de nuevo al mundo montevideano y mantiene su hegemonía entre las clases populares (que además decidan efectivamente ir a votar), entonces su presumible menor apoyo electoral con relación a 2014 no será tan marcado.

En cualquier caso, creer que el triunfo regional de la derecha y la mayor corrupción de la izquierda ambientarán una volcada general que dejará al FA por debajo del 40% en 2019, es puro pensamiento mágico. Evitémoslo.

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