Francisco Faig
Francisco Faig

¿No pasó nada?

Alguien puede decir que finalmente no pasó nada. El gobierno dio marcha atrás con la esencialidad, pero ganó la pulseada de los aumentos en la educación ya que terminó primando su propuesta inicial. Y a pesar de algunos paros más que pueden entenderse como las desavenencias propias de una gran familia, los sindicatos, el Frente Amplio y el gobierno seguramente encuentren futuros caminos de entendimientos.

Alguien puede decir que finalmente no pasó nada. El gobierno dio marcha atrás con la esencialidad, pero ganó la pulseada de los aumentos en la educación ya que terminó primando su propuesta inicial. Y a pesar de algunos paros más que pueden entenderse como las desavenencias propias de una gran familia, los sindicatos, el Frente Amplio y el gobierno seguramente encuentren futuros caminos de entendimientos.

Sin embargo, la realidad es muy distinta. El “llamado a la aventura” de Filgueira para reformar la educación no tendrá seguidores porque no quedó ningún liderazgo legitimado para conducir reformas que duelan. Tan temprano como en setiembre del primer año de gobierno, habrá quedado claro que lo de “cambiar el ADN” de la educación pública significará, con suerte, algún maquillaje para la tribuna. La herramienta de la huelga sin tino quedó vigente y ahora sí que no hay nada que la pueda encauzar. Y Vázquez quedó debilitado en la pulseada interna que lo distancia de los defensores del “giro a la izquierda” (con Mujica como su mala sombra).

En algún sentido la sociedad uruguaya toda entera acepta este fatal derrotero. Todos los años unos 50.000 uruguayos, redondeando, llegan a cumplir 18 años. Con los diferentes datos que ya conocemos desde hace lustros, se puede decir sin exagerar que cerca de 35.000 de ellos no cuentan con las capacidades mínimas para poder hacerse de trabajos productivos que les auguren una perspectiva de futuro con ascenso social. Hace mucho que todo el mundo sabe que la inercia es jugar al empate para terminar perdiendo.

La solución que también hace mucho tiempo la sociedad encontró es simple: sálvese quien pueda. La minoría más acomodada, que incluye a la inmensa mayoría de la dirigencia política de todos los partidos, ya zafó hace rato aunque con un alto costo: todos sus hijos van a la enseñanza privada. La mayoría del país, que pertenece a la clase media-popular y que solo puede acudir a la educación pública, ya se resignó a recibir servicios que intuye son de segunda clase. Su salvación pasa entonces por hacerse de pequeños trabajos de poca productividad para irla llevando. Y, por supuesto, cuanto más vinculados puedan estar ellos al Estado mejor, para al menos tener un empleo que permita una vida sin muchos sobresaltos. Finalmente, las clases populares hace años que perdieron el ascensor social. Con esta crisis, que les fue completamente ajena, la tragedia del garantizado quietismo en la educación pública seguirá perjudicándolas al menos por cuatro años más.

Si nos atenemos a los análisis que describen tácticas menores desnudadas con fruición por la inmensa mayoría de los politólogos-compañeros, y que nunca atienden a las cuestiones de fondo del país, es cierto que con esta crisis la sangre no llegó al río. Vázquez se recompondrá un poco; las batallas de familia se sucederán; los paros, sempiternos, seguirán; y hasta capaz que la oposición en algún momento sale en la foto, al menos como figurita de reparto, de forma de aportar alguna novedad de segundo plano al cuadro de familia.

Pero la verdad es que esta semana quedó políticamente sepultada toda posibilidad de cambio de fondo. El país, inconmovible, afianza así su proceso de latinoamericanización. Aquí se va asentando una sociedad partida y violenta que se extiende sobre una fragmentación cultural que ya es irremediable. Tranquilos: no pasó nada.

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