Francisco Faig
Francisco Faig

¿Qué país construimos?

La pobreza bajó sustancialmente. Las clases medias retomaron un nivel de consumo que recuerda una buenaventura pasada, en la que el país se definía como feliz. Incluso, hubo momentos de satisfacción colectiva, ya que fuimos reconocidos en el mundo: con la celeste varias veces; con iniciativas legislativas sociales de vanguardia; con el mentado embelesamiento por el personaje del Pepe. A pesar de los matices políticos que siempre existen, nadie niega que estamos mejor que hace una década. Sin embargo, tras esa complacencia colectiva todos intuimos que quedan problemas serios por resolver.

Queremos ser de primera, pero hay una realidad latinoamericanizada que nos golpea todos los días. Poco importan aquí las fábulas de la izquierda que siempre responsabilizan a los demás (y a los noventa) por lo que hoy está mal. Interesa aquí, en verdad, que el uruguayo medio percibe que no se puede demorar más en arreglar la inseguridad y la enseñanza pública. Ese uruguayo medio sabe que en el c

La pobreza bajó sustancialmente. Las clases medias retomaron un nivel de consumo que recuerda una buenaventura pasada, en la que el país se definía como feliz. Incluso, hubo momentos de satisfacción colectiva, ya que fuimos reconocidos en el mundo: con la celeste varias veces; con iniciativas legislativas sociales de vanguardia; con el mentado embelesamiento por el personaje del Pepe. A pesar de los matices políticos que siempre existen, nadie niega que estamos mejor que hace una década. Sin embargo, tras esa complacencia colectiva todos intuimos que quedan problemas serios por resolver.

Queremos ser de primera, pero hay una realidad latinoamericanizada que nos golpea todos los días. Poco importan aquí las fábulas de la izquierda que siempre responsabilizan a los demás (y a los noventa) por lo que hoy está mal. Interesa aquí, en verdad, que el uruguayo medio percibe que no se puede demorar más en arreglar la inseguridad y la enseñanza pública. Ese uruguayo medio sabe que en el continente hay ejemplos horribles de inseguridad, y se da cuenta también de que no hay futuro colectivo de prosperidad si la inmensa mayoría de los adolescentes de clases populares no van a secundaria, o si cuando van no aprenden nada.

A pesar de intuir estas verdades, hay una extendida sensación de resignación. Se traduce en la expresión de que esto "es lo que hay, valor", o peor, en la idea de que somos latinoamericanos y que es inevitable sufrir los mismos males que nuestros vecinos. Acto seguido, cada uno como puede, se aferra a estrategias de supervivencia individuales que intentan evitar el descalabro: enviar con sacrificio a los hijos a un colegio privado; poner rejas y alarmas y seguros para evitar los robos; cambiar por miedo las viejas rutinas que permitían disfrutar de los espacios públicos; o no "regalarse" saliendo luego de las diez de la noche de su casa. Contrata Netflix; se cuelga en Facebook; juega al Play.

El uruguayo medio, con esa resignación ovina y ese bolsillo más gordo, se ha ido acostumbrando a su nueva vida. La traducción política de ese talante es el conservadurismo de votar a Vázquez. No se expresa una ilusión de un futuro mejor, porque ese uruguayo sabe que el Frente Amplio no puede con los sindicatos para reformar la enseñanza, y sabe también que la izquierda está pintada en las respuestas a la inseguridad. Pero sí se apuesta por garantizar lo que ya se obtuvo. En definitiva, se trata de clases medias que guardan en su ADN el recuerdo de más de medio siglo de periódicas crisis. Al menos con este, dicen, crecimos como nunca, y creemos entonces que no nos volveremos a caer.

Se trata de la versión siglo XXI de aquella reflexión de Real de Azúa sobre el país de Maracaná que "teme concretar, pero sobre todo difusamente, cualquier cambio drástico en el que pudieran arriesgarse sus muchos, pequeños y arrebañados privilegios". El problema es que ese talante conservador terminará construyendo un país irreconocible. La fractura social, con esta educación frenteamplista, será más honda.

La inseguridad de los secuestros extorsivos y las bandas de narcos por doquier, y ya no solo en los barrios populares, será cuestión de muy poco tiempo más. Hay que romper con el conservadurismo de la restauración vazquista. Hay cosas importantes en las que vamos mal. Lo sabemos. Todo cambio precisa de confianza, coraje y voluntad.

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