Francisco Faig
Francisco Faig

El obispo y el fascismo

Sturla es un hombre inteligente. Tiene claro su objetivo proselitista. Sabe quiénes aparecen como nuevos y exitosos competidores religiosos y en quiénes apoyarse para ganar espacio en el ajedrez de la fe.

Sturla es un hombre inteligente. Tiene claro su objetivo proselitista. Sabe quiénes aparecen como nuevos y exitosos competidores religiosos y en quiénes apoyarse para ganar espacio en el ajedrez de la fe.

En política, está bien con el diablo opositor: ha casado y confesado, cuando no bautizado, a principales dirigentes blancos y a sus hijos. Los conoce bien. Lo aprecian mucho. Empeñado como está ese partido en entender el mundo social con lentes conservadores, y completamente huérfano de debates modernos, Sturla aparece como una referencia ética y, lo más grave, es voz política audible para muchos blancos. Calza justo: reivindica viejos valores conservadores desde una imagen renovada (como Francisco).

Pero también está bien con dios, el oficialista. Desde su perspectiva genuinamente universal, estuvo presente en un acto histórico del Partido Comunista por las muertes de la seccional veinte. Participó activamente en plena campaña para evitar reformar la Constitución con el “no a la baja”. Ahora, urgido por un manual que contradice las enseñanzas de Cristo, visitó a Vázquez y, como buen salesiano, tiene fe que por su causa intercederá María Auxiliadora.

Desde su sutileza política Sturla sabe bien que, democráticamente, no representa a nadie. No a su grey, que no lo ungió con esa tarea. No al mundo cristiano, que no lo reconoce como su único pastor. No a los ciudadanos, que no lo votaron. Sabe también que precisa notoriedad y aceptación social, porque el catolicismo sufre aquí, como en el resto del continente, una exitosa competencia pentecostal. Y finalmente, sabe que este país laico todavía es sensible a argumentos que le señalen su impertinencia política. Sturla, como ciudadano, tiene todo el derecho a opinar de lo que se le ocurra. Sturla, de sotana, invocando su magisterio y sus argumentos de fe para opinar de política, es inevitablemente dogmático.

El país ya debatió estos temas. Ya quitó protagonismo político a los argumentos que reposan, en última instancia, en cuestiones de fe. Ya aceptó, tempranamente, el temperamento democrático liberal que implica racionalidad y legítima pluralidad de valores. No es fascismo dar la máxima libertad a lo religioso para que se exprese en ámbitos privados, a la vez que impedir que su dogmatismo esencial domeñe la argumentación pública. Es, simplemente, asegurar condiciones de respeto por la pluralidad política, social y filosófica. Algo con lo que, convengamos, el dogmatismo religioso, de sotana o con barba, no se lleva nada bien.

Vivimos una tragedia. La urgencia educativa de las clases más pobres exige recurrir al amor y la abnegación de muchos católicos que hacen una obra formidable, en los Pinos o en Jubilar por ejemplo, en procura de una mayor integración social allí donde el Estado ha fallado. Sin embargo, apenas Sturla tiene un espacio, deja en claro que el proselitismo católico está dispuesto a quebrar la vieja laicidad al precio, incluso, de tachar de fascistas a quienes recuerdan su profunda ilegitimidad política.

Oficialistas y opositores han dejado que el obispo Surla fije posiciones políticas porque, en distintas ocasiones, ha sido visto como un referente alineado a sus causas. Es un error. En su templo, que opine de lo que quiera. Fuera de él, no tiene valor ciudadano alguno su investidura religiosa.

Abrimos 2015. No volvamos sobre debates de hace un siglo. Por favor.

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