Francisco Faig
Francisco Faig

La nueva política

No hay tercera posición posible; este Frente Amplio (FA) así unido tiene un techo electoral que lo predispone a ser vencido en el balotaje; y si la izquierda mantiene su radicalización es legítimo y conveniente fijar un cordón sanitario: estos son los tres ejes de la nueva política.

No hay tercera posición posible. Por delante hay dos grandes coaliciones que disputarán el poder: la de izquierdas en torno al FA; la de los partidos que se aliaron para el triunfo de Lacalle Pou en el balotaje. Cualquier líder que conozca algo de la historia reciente, que entienda un poco las reglas electorales, y que participe con inteligencia del juego político actual, sabe que este, y no otro, es el futuro escenario del país. Sobre todo dentro de la coalición multicolor, los fuertes incentivos son a negociar y a ponerse de acuerdo: allí está la reciente reunión Manini Ríos-Talvi sobre el tema Montevideo, por ejemplo, que ilustra lo que seguramente ocurrirá con frecuencia en la futura administración.

El FA de 2019 volvió a los registros de votación de 1999. Sus nuevos liderazgos no tienen la potencia electoral de Astori-Mujica-Vázquez. El mayor peso interno de la izquierda más radical impedirá seducir a las clases medias menos politizadas, que son las que les dieron sus repetidos triunfos de 2004-2014. Por otro lado, la izquierda moderada no quebrará la coalición, por lo que el FA seguirá unido, con un techo del 40%, y sin aliados políticos extrapartidarios. Cercado en Montevideo y Canelones, y sin terminar de entender qué significa abrazarse a sapos y culebras para llegar al poder, tendrá siempre en la alta barrera del 50% de votos del balotaje un gigantesco escollo para ganar.

Radicalizado en su prédica y sin aceptar la derrota en las urnas, este FA azuzará la resistencia desde lo social. Sus minorías intensas políticas y sindicales procurarán torcer el camino modernizador del nuevo gobierno mayoritario. Ante este escenario, se impone establecer un cordón sanitario: dejar al FA y a su sindicalismo derivado encerrado en su solipsismo opositor (libre sí, pero ajustado a derecho), a la vez que avanzar sin remilgos ni pausas en el camino reformista fijado por Lacalle Pou. El cordón sanitario no evita la pedagogía y el diálogo, pero tampoco se culpabiliza por la autoexclusión izquierdista, ni acepta los chantajes de las movilizaciones de las patotas zurdas en las calles.

Estas tres dimensiones abren un tiempo diferente y esperanzador. Diferente, porque los antecedentes 1985- 2020 de relacionamientos con el FA no tienen nada que ver con el escenario que dejó fijado el ciclo electoral de 2019. Políticos y analistas deberán pues cambiar la forma de ver la realidad si es que, efectivamente, quieren entenderla mejor.

Esperanzador, porque el mandato popular y las definiciones políticas fueron contundentes: el respaldo parlamentario de Lacalle Pou es el mayor desde que se instauró el balotaje, y su legitimación democrática personal para conducir reformas es también fortísima.

Luego de 15 años de hegemonía izquierdista, el Uruguay se dio claros instrumentos para realizar los cambios necesarios que lo lleven hacia un futuro de mayor prosperidad y desarrollo. Sabiamente, decidió que alumbrara esta nueva política.

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