Francisco Faig
Francisco Faig

Mujica for export

Mujica logra que el uruguayo medio que comulga con la cultura hegemónica nacional esté orgulloso de su identidad colectiva. Finalmente, con Pepe presidente, logramos figurar en el mundo y hacer valer nuestra vieja excepcionalidad de país diferente: pequeño pero capaz de grandes hazañas.

Mujica logra que el uruguayo medio que comulga con la cultura hegemónica nacional esté orgulloso de su identidad colectiva. Finalmente, con Pepe presidente, logramos figurar en el mundo y hacer valer nuestra vieja excepcionalidad de país diferente: pequeño pero capaz de grandes hazañas.

El uruguayo medio forma su sentido común ciudadano en las canciones de la Catalina, de Calle 13, o en el deber ser de la sensibilidad de No te Va Gustar. Conoce el viejo folclore del “paisito” de los Olimareños o los adagios de Zitarrosa, y siente nostalgia por el pasado mejor cuando tararea Santa Marta. Si por ventura lee, los párrafos de Galeano y Benedetti alimentarán su explicación del mundo. Sabrá entonces, con adolescente majestad, que los malos del norte han expoliado las riquezas de los sufrientes y buenos del sur. Interpretará entonces, con ausente complejidad, que hay intereses ocultos que siempre están prontos para dañarnos (hoy, los de la Philip Morris).

Así las cosas, el respeto que le dicen que despierta Mujica en ese exterior tan desconocido viene a ratificar su frágil entendimiento del mundo. Al fin se nos reconoce: por nuestra austeridad republicana, nuestra sencillez en el vestir, nuestra bonhomía en el decir y nuestra influencia internacional que refleja nuestra altura moral (y no las riquezas materiales). Y por si fuera poco, el mismísimo Obama nos dice que somos referentes democráticos en la región: país pequeño sí, pero ejemplo para todos.

No es impertinente pues que Mujica se plante como portavoz latinoamericano. Al contrario: autodefinido como fraterno y generoso, el uruguayo medio siente que se cumple así con un mandato de nuestra mejor historia. Defender lo nuestro —Cuba, como un David resistente al imperialismo—; promover la igualdad internacional —recalcar que Brasil es potencia -; y exigir la solidaridad por las causas que atañen a toda la Humanidad— “nadie se puede hacer el distraído”.

Para el uruguayo medio este Mujica for export es un sabio. Cree que Pepe dejó atrás la guerrilla de los años sesenta pero que, en realidad, defiende los mismos ideales de justicia que otrora. Ya llegará, además, el documental de Kusturica que a todos nos lo dejará bien en claro.
Cuando en pleno auge peronista se enseñaba en los textos escolares argentinos el papel del líder, se lo describía así: “los hombres que necesitaban trabajar para vivir, no recibían lo que merecían por su esfuerzo. Los viejecitos sin familia, no encontraban quienes les dieran cariño. Los niños pobres debían ganar su comida. Así era de triste la vida en nuestra Patria. Viendo tanta injusticia, un hombre que la amaba más que a su vida, juró salvarla. Luchó valerosamente, sin descanso, hasta cumplir su promesa. Ese patriota, ese luchador maravilloso que hizo a nuestra Patria, Libre, Justa y Soberana, se llama ¡Juan Perón!”.
De verdad, ¿qué hay tan distinto entre este culto a la personalidad de Perón y la panegírica y complaciente visión que construimos hoy de la figura de Mujica?

Imagino la profunda desazón ciudadana que por aquellos años debe haber invadido al argentino medio de sensibilidad republicana, cuando constataba el horror fascista del adoctrinamiento peronista. No es menos honda que la que constata, hoy, el triunfo de este relato mitológico del Mujica for export diseminado por la cultura hegemónica frenteamplista.

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