Francisco Faig
Francisco Faig

Montevideo popular

Ganar la elección a este Frente Amplio (FA) hegemónico no era facilito como un paseíto por la rambla. Para que ocurriera, hubo un actor clave: una parte del electorado del mundo popular y urbano sobre todo de Montevideo.

A inicios de año el problema era tan sencillo de ver como difícil de resolver: ¿cómo lograr que al menos una parte de la enorme adhesión frenteamplista en las clases populares urbanas se decidiera a cambiar su voto? Razones no faltaban para hacerlo. Primero, la infame inseguridad cotidiana, que arrasó completamente con la tranquila vida de barrio, humilde pero digna, tan propia de un pasado hecho de fuerte integración social vertical. Segundo, la dura perspectiva económica, que dejaba entrever fuertes nubarrones en el proceso de mejoras de los ingresos familiares, luego de tres lustros de crecimientos en los que, empero, no se habían saciado las expectativas de mayor bienestar y capacidad de consumo.

En concreto, hubo dos movimientos paralelos. Por un lado, un juego inteligente de corrimientos en posicionamientos partidarios. Por otro lado, la afilada novedad de un liderazgo de antecedentes probados en el ejercicio de la autoridad paternalista. Así, la oferta electoral alternativa al FA logró, en la recta final del año, seducir sobre todo a por lo menos una parte significativa de ese mundo popular en octubre (y es cierto que algo había hecho ya en ese sentido Sartori en junio). Manini Ríos fue clave. Jugó de memoria con un Lacalle Pou que entendió bien que había allí un complemento que sumaba al proyecto global, y que abrió un espacio de legítimo lugar de colaboración a esa nueva expresión partidaria.

Martín Aguirre ha escrito con razón que en la mirada larga del nuevo gobierno debería haber dos grandes objetivos a cumplir: primero, satisfacer las demandas del Interior, en donde arrasó la coalición multicolor; y segundo, responder al mundo popular montevideano, que le dio la llave del triunfo a la alternancia. Ahora que además se sabe que parte de los votos de octubre de Manini se decidieron por Martínez en el balotaje, sobre todo en esas zonas populares de Montevideo en las que el FA era hegemónico en 2014, el segundo objetivo toma una envergadura mayor.

Con sentido práctico y sin las ideologizaciones que pululan en las clases medias zurditas y superaditas de ciencias sociales y Parque Rodó, parte del mundo popular y urbano votó, cada vez, en función de sus intereses más sustanciales. Confió en Manini para terminar con la delincuencia, en octubre; y votó a Martínez en noviembre, por las dudas de que efectivamente la alternativa fuese tan deleznable en políticas sociales como el flaco Castro, entre otros, la pintaba en televisión.

Hace bien hoy Lacalle Pou en centrar su mayor urgen-cia en el tema inseguridad. Porque muestra entender esa señal urbana, a la vez que cumplir con una demanda creciente de un Interior harto ya de tantos abigeatos. Si por un lado genera allí una respuesta rápida, y si por otro lado mejora la calidad de las políticas sociales para ese Montevideo popular, entonces estará abriendo la puerta a un cambio político profundo en la capital. Si lo logra, será un cambio que tendrá consecuencias, sin dudas, en la ecuación electoral nacional de largo plazo.

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