Francisco Faig
Francisco Faig

Lo mejor ya pasó

El monto de las exportaciones baja, sobre todo porque nos pagan menos por nuestros productos primarios. Las inversiones extranjeras directas en toda la región alcanzaron su pico en 2012-2013 y desde entonces son en general menos millonarias (en Uruguay también). Brasil y Argentina ya no crecen a las tasas de hace 5 años.

El monto de las exportaciones baja, sobre todo porque nos pagan menos por nuestros productos primarios. Las inversiones extranjeras directas en toda la región alcanzaron su pico en 2012-2013 y desde entonces son en general menos millonarias (en Uruguay también). Brasil y Argentina ya no crecen a las tasas de hace 5 años.

El precio del dólar, avizorando un ciclo de subas de tasas de interés en Estados Unido, es más caro. Se vuelven así más onerosas las importaciones relevantes, como las de los bienes de capital que mejoran nuestra productividad.

Hay más uruguayos en seguro de paro, en particular provenientes de ese sector clave del consumo y la actividad que es la construcción, que ya tiene varios miles de empleados menos que hace un par de años. La devaluación conspira contra el freno a la inflación. El crecimiento general de la economía es menos vigoroso y la expectativa de los empresarios es menos optimista, por lo que también se han retraído las decisiones de grandes flujos de inversiones privadas, características de estos años.

Cualquiera que preste atención a todos estos datos se da cuenta de que se está instalando un fuerte cambio de coyuntura. Lo cierto es que llegamos a la instancia en que nos encontramos, como otras veces, con un cambio de ciclo económico que hará más visibles nuestros problemas estructurales. Alcanzamos una especie de frontera de producción que precisa mano de obra más calificada. Sin embargo, las nuevas generaciones poco formadas no lograrán ser competitivas. Se hará notoria la desidia pública, con su oneroso costo hecho de engordados servicios del Estado repletos de acomodos clientelistas. Podrá verse que otros países se nos adelantaron y abrieron mercados claves, sobre todo en Asia y América del Norte, para colocar productos que compiten con los nuestros.

Cuando en un par de años todo esto se haga muy evidente, nos ganará una sensación colectiva de frustración, porque la promesa del país de primera no se habrá cumplido. Y así como terminó primando la explicación de que los mejores resultados de estos años fueron por causa de la superioridad moral propia de un gobierno de izquierda (que sí se preocupa por la suerte del pueblo), así también el universo simbólico de intelectuales, sindicalistas, algunos empresarios y líderes de opinión en general, evitará cargar de responsabilidades a esta década de izquierda gobernante.

Buscará por el lado de la mezquindad de las altas clases burguesas, del egoísmo de los que más tienen o de las consecuencias de largo plazo del neoliberalismo de los noventa. O justificará la nueva situación por ser este un país pequeño al que fuerzas capitalistas rapaces y superiores no permiten salir adelante. Pero lo que es seguro es que el discurso hegemónico jamás responsabilizará al Frente Amplio por no haber sido capaz de conducir las reformas que se precisaban para dar el salto social, productivo y educativo que nos encaminara al desarrollo. La izquierda habrá sido una víctima llena de bondad esencial, y nunca aparecerá como una irresponsable que no tuvo el coraje de contrariar a sus sesentistas bases ideologizadas.

Lo mejor ya pasó. La misma hegemonía cultural de izquierda ensimismada y simplona que nunca entendió bien lo que pasó.

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