Francisco Faig
Francisco Faig

“Cuando me toque”

Es bueno hacer un balance político que rescate lo bueno de lo más importante que ocurrió en este primer año de gobierno de coalición republicana (CR).

Primero, la alternancia estuvo a la altura del momento histórico. Quince años de mayoría absoluta en el Parlamento y de control de las principales intendencias no lograron que el Frente Amplio (FA) se transformara del todo en un clásico movimiento populista de izquierda: primó el reflejo republicano y entregó el poder. Podrá parecernos evidente que así sea, pero vale que sea destacado en el continente de Perón y Laclau.

Segundo, la CR estuvo a la altura del enorme desafío que le tocó en suerte. Al final del día seremos, sin duda, de los países que mejor habremos enfrentado la pandemia en el mundo entero: poquísima limitación de las libertades fundamentales; mejor balance económico relativo; responsabilidad y asistencia sanitaria y social estatal; y eficiente plan de vacunación. Además, el gobierno cumplió con sus promesas electorales tanto en la ley de urgencia como en el presupuesto quinquenal.

Hubo mayoría aceitada en el Parlamento; capacidad de gestión en el Ejecutivo; y firmeza en el rumbo a pesar de cierto griterío opositor. Aquí, la perspectiva optimista rescatará el simbólico abrazo entre Mujica y Sanguinetti en el Senado; el respeto nacional a la gran figura de Vázquez; y el entendimiento cabal de Lima, Orsi y Cosse, los tres intendentes del FA, de que hay que colaborar con el gobierno en esta circunstancia tan especial, y que por tanto no hay tiempo que perder con la gimnasia de las michelinadas de siempre.

Tercero, este año de vértigo ha asentado las bases del nuevo Uruguay político. Un FA en el eje del 40%, con peso sobre todo en Montevideo y Canelones, y cuya principal dificultad será la de renovar liderazgos que estén a la altura de los tres exitosos que hubo a inicios del siglo XXI; y una CR que, si entiende bien su rol, está llamada a gobernar por varios períodos más, apuntalada en un fortísimo liderazgo que llegó para quedarse largo tiempo: el del actual presidente Lacalle Pou.

Para cualquiera que haya leído “La positiva” de Supervielle, o que entienda algo de la interna blanca, ese dato no es ninguna novedad. Sin embargo, la inmensa mayoría de los análisis, todos izquierdo- centrados, recién ahora están percibiendo este cambio de escenario. Pálidos por contrariar el discurso de la patota hegemónica zurda, algunos sugieren incluso que la era de gobiernos CR puede terminar siendo tan extensa como fue la del FA.

En cualquier caso, lo relevante es que en este año quedó claro que el país procesó su renovación generacional en el poder. Ella se produjo con una alternancia fuerte. Mostró, con la pandemia, que hay buena madera y oficio para gobernar, y que tal parece que la quilla del barco sigue hendiendo mejor cuando las aguas están embravecidas.

Francamente, cuando se ve lo que ocurre políticamente en otras partes, se trata de buenas noticias para el país. En efecto, en un mundo con varios escándalos por privilegios por vacunas, y con manejos autoritarios para enfrentar la pandemia, el espíritu republicano de este primer año de gobierno brilla en la tranquila respuesta presidencial al ser interrogado sobre cuándo se vacunará: “cuando me toque”.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados