Francisco Faig
Francisco Faig

Mate y pasteles

La izquierda vive encerrada en la ratificación de sus prejuicios ideológicos, sin interesarse en nada por la realidad. Ella parte del axioma de que la coalición de gobierno es neoliberal y reaccionaria, y que hay un peligro de extrema derecha.

Luego, aplica ese solipsismo dogmático a todo lo que ve: si hay crisis por la pandemia, en realidad es consecuencia de un gobierno “machete” que no se ocupa de los más necesitados; si se decide revisar la forma en la que se invierte en alimentación en las escuelas, considera que Da Silveira busca hambrear a los niños más pobres; si Manini Ríos critica decisiones de justicia que quebrantan principios elementales del derecho penal, ella entrevé un designio secreto que promueve la impunidad; si se verifica un ataque a un militante frenteamplista en una noche de pegatinas, el precoz de Miranda certificará que es consecuencia del extremismo derechista; y si se hace claro que Cosse es el complemento femenino de Sendic en la tarea de mal invertir los recursos de las empresas públicas, el resentimiento bolche creerá que el tema se ventila porque el Antel Arena no se construyó en Carrasco.

Se podrá decir, con razón, que nada de esto es nuevo. Estos latiguillos ideologizados de hoy son los hijos toscos y bastardos del manual ilustrado del pequeño leninista esforzado, ese que formó en sus años mozos a la gran mayoría de los actuales dirigentes del Frente Amplio (FA). Sin embargo, en las tres décadas que nos separan de la caída del muro de Berlín, ocurrieron cosas importantes. Entre ellas, por cierto, estuvo el gobierno de 15 años del FA con mayorías absolutas.

¿Cómo es posible que, a pesar de haber ejercido el poder por tantos lustros, la izquierda siga creyendo tan devotamente en prejuicios que tan alejados están de la realidad? ¿Cómo es posible que gente mayorcita ya, siga repitiendo las mismas sandeces que recitaban hace 20 o 30 años, y permanezcan así felices y caricaturalmente encerrados tras su abigarrado muro de yerba?

Hay al menos dos explicaciones. La primera, parafraseando con sorna a Marx, refiere a las condiciones materiales de la existencia: muchos compañeros izquierdistas dependen de sostener esos prejuicios para seguir enchufados al (ahora menguado) poder, es decir, para sustentar su relativamente holgado nivel de vida. Alcanza con comparar, por ejemplo, cuánto gana ahora Miranda, incluso luego de su rebaja salarial, y cuánto menos ganaría si tuviera que trabajar en el sector privado, para ilustrar bien el asunto.

La segunda, ya comentada por Nietzsche hace rato, es la comodidad y tranquilidad que ofrece el rebaño: romper con los zurdos prejuicios implica probablemente romper también con amistades forjadas en pasados comunes, y con sentimientos que moldean vidas enteras. Humanamente es muy entendible: es difícil e ingrato el coraje de quedar a la intemperie.

Ante el desafío de cambiar de ideas, repensar posiciones, replantearse motivos y opiniones, terminar con los prejuicios y enfrentar verdades que pueden llegar a ser muy incómodas, la opción zurda prefiere lo evidente, sencillo y tranquilizador: seguir alabando al Che y despotricando contra el neoliberalismo. Siguen compartiendo el mate, incluso en tiempos de pandemia; y escuchan, briosos, Metele que son pasteles.

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