Francisco Faig
Francisco Faig

Marconi en el espejo

Episodios de violencia como los del Marconi podrán ser difíciles de prever en su cuándo y en su por qué concretos. Pero nadie puede decir que sean sorprendentes o inesperados.

Episodios de violencia como los del Marconi podrán ser difíciles de prever en su cuándo y en su por qué concretos. Pero nadie puede decir que sean sorprendentes o inesperados.

A lo largo del siglo XX, la variación real acumulativa anual del gasto público social (GPS) fue casi siempre más grande que el crecimiento del producto, incluso en la década del 90. En el largo período que va de 1935 a 2000, nuestras prioridades dentro de un GPS siempre creciente no cambiaron: la seguridad y asistencia sociales se llevaron siempre al menos seis de cada 10 pesos. Así, por décadas, nuestra sociedad prefirió gastar en los más viejos antes que en las nuevas generaciones.

Desde los años posteriores a la crisis de 1982 hasta nuestros días, los resultados de pobreza monetaria y de necesidades básicas insatisfechas han sido mucho peores entre los menores de 14 años que en el resto de la población. Siempre. Para el caso concreto de la zona más difícil del país, que es la periferia de Montevideo, y en particular para la cuenca de Casavalle, desde hace al menos 20 años que a esas zonas de mayor pobreza y con carencias críticas, se suman el mayor rezago posible en resultados educativos, las más altas cifras de delitos contra la propiedad, y las más altas tasas de homicidios, embarazos adolescentes y violencia doméstica.

Nada de esto cambió sustancialmente en esta década progresista. El crecimiento económico permitió mejorar índices sociales con respecto a 2002. Pero el sesgo pro- adulto del GPS, por ejemplo, se mantuvo. A pesar de algunos discursos, no hubo un cambio político que implicara que las nuevas generaciones populares pasaran a ser la prioridad. Quien aún abrigara alguna esperanza, terminó de desencantarse con el gobierno de Mujica: antes que invertir en educación en barrios periféricos, se privilegiaron pésimas y millonarias inversiones públicas como las de Ancap.

La aquiescencia ciudadana general definió que los que más y mejor se beneficiaran de la bonanza, antes que nadie, fueran los adultos ya integrados socialmente que forman parte de las clases medias urbanas. La gran mayoría se había empobrecido luego de cada crisis. Pero en estos años de frenteamplismo paternalista, por una u otra vía lograron resguardarse, sobre todo tras el escudo estatal.

El resultado de todo esto es que sin expectativas de un futuro que permita un ascenso social -porque cualquier salario siempre será miserable para mano de obra tan poco calificada- y sin ser prioridad para nadie, los jóvenes de clases populares están condenadas a la anomia social o al desasosiego. Pero además, la acumulación de episodios de violencia ha logrado hacer cada vez más explícito el discurso reaccionario: cuando no se alegra con la muerte de “un pichi menos”, exige más tiempo de reclusión para los jóvenes delincuentes sin jamás plantear mejoras sustantivas y concretas para ese mayor tiempo de cárcel.

Como escribió el poeta, somos el arquitecto de nuestro propio destino: “que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: cuando planté rosales, coseché siempre rosas”. Así las cosas, esta fractura social se hace irreparable. Cuando plantamos abandono y desidia, cosechamos siempre violencia.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados