Francisco Faig
Francisco Faig

Malas señales

Hay un problema que no se arregla con plata ni tampoco cambiando de partido en el gobierno: es el de las malas señales que demasiados dirigentes políticos envían a toda la sociedad.

Son algunos ejemplos de esas malas señales: promover amnistías tributarias que vuelven a dar plena vigencia a la ya vieja expresión de Tomás Linn, "los nabos de siempre", para caracterizar a aquellos ciudadanos que cumplen en tiempo y forma con sus obligaciones; cobijar y promover políticamente a quienes mienten descaradamente, asignándose títulos de licenciado o sociólogo por ejemplo; aceptar y proteger partidariamente a quienes engrosan sus bolsillos gracias a las ventajas que da el poder; y sobre todo, cohonestar y legitimar un sistema de trabajos y recompensas en el que el premio económico mayor siempre resulta de integrarse a las clases burocráticas del Estado, ya sea por la puerta clientelista o ya sea por la rendija del concurso (más o menos arreglado).

Las malas señales se nutrieron del cúmulo de casos de acomodos, clientelismo y nepotismo en el poder. Ellos crecieron y se multiplicaron sin que nadie les prestara mucha atención, a la par del mayor consumo que en esta década alcanzó a todos. Ahora que, al terminar la excepcional bonanza, se han convertido en irritantes para muchos, no dejan empero de seguir siendo muchas veces sumas de anécdotas. Porque el fondo del asunto es mucho más grave: refiere a los valores colectivos preferidos y aceptados que las malas señales implícitamente expresan.

Las malas señales no son entonces una lista de vivillos beneficiados del poder aquí o allá. Son gestos, actitudes y discursos que por encima de todo arruinan la esencia misma de nuestra convivencia, porque agreden al plebiscito cotidiano (e implícito) que nos explica teleológicamente como nación: un país libre que forja su prosperidad sobre talentos, virtudes y trabajo.

Cualquiera de nosotros sabe que nuestros antepasados que vinieron a hacerse la América y terminaron en este rincón del continente trajeron consigo un designio que creía fervientemente en la meritocracia. La profunda herida que significa siempre una migración transatlántica era, sin embargo, semilla de esperanza de un futuro mejor para hijos y nietos, labrado en el esfuerzo personal y familiar. Había un arduo sacrificio sí, pero también una prometedora recompensa que, como valor colectivo, fue la que sustentó la construcción de una nación social y económicamente excepcional sobre todo en nuestra primera mitad del siglo XX.

Infelizmente, en esta dimensión clave del devenir nacional no supimos aprovechar la bonanza que adornó a la era progresista. Porque ese crecimiento formidable fue una circunstancia ideal para que alumbrara un tiempo nuevo en el que se desterraran, o al menos se marginalizaran, estas ya históricamente conocidas malas señales. Empero, demasiados dirigentes políticos y sobre todo los más importantes, Vázquez y Mujica, prefirieron conservar y legitimar al país acucioso por sosiego, acomodo y medianía; medroso visceral frente a cualquier desafío relevante; agobiado por su estética rutinaria de oficina menor; y sobre todas las cosas, embotado y preso de tantas y tan perennes malas señales que, envejecido y mezquino, solo aspira a pervivir enjuto en su purgatorio oriental.

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