Francisco Faig
Francisco Faig

Les delegades

Son más de 100 personas. Indigentes, sin techo, alcohólicos, violentos, vagos, locos y quizá alguno de ellos sea todo eso a la vez. Se instalan en la sede de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República.

Allí pasan el rato, agreden, amenazan y acosan sexualmente a funcionarias, limpiadoras y estudiantes. Vomitan y hacen sus necesidades en salones de la Facultad.

El semanario Búsqueda lo informó en junio pasado. Pero la situación empeoró: ahora son más numerosos. Hace poco las autoridades de la facultad decidieron cerrar por 15 días la sala de informática y disponer algún tipo de control de personas externas. Empero, "les delegades" del centro de estudiantes de esa Facultad no estuvieron de acuerdo con esas medidas. Y nada de fondo se resolvió para cuando pasen los 15 días.

La situación es tan ridícula que hasta causa gracia a cualquiera que no tenga que sufrirla cotidianamente. Es que allí donde se concentran la mayoría de los universitarios que estudian e investigan a la sociedad uruguaya, rentados con dineros públicos, la incapacidad burocrática no logra brindar siquiera un mínimo de seguridad para trabajar en paz. O sea: los especialistas en política, sociología y tra-bajo social no alcanzan a fi-jar un orden que los aleje del estado de naturaleza de Hobbes. Además, todo aquel que sugiere reprimir y terminar así con ese caos es descalificado por facho, of course, por la primitiva mentalidad de los hunos endogámicos que allí merodean (y que no son los indigentes).

Pero es también una tragedia. Las mujeres que allí trabajan y estudian han denunciado los horrores cotidianos que sufren. La desidia y torpeza para resolver el tema no deben disimular la tontería dogmática mayor: el discursete progre cargado de prejuicios ideológicos que lleva a "les delegades" (sin "a" ni "o" que oculten su orgullosa sandez) a oponerse a cortar el problema de raíz. Así, enarbolan sus disléxicas banderas de teóricas reivindicaciones de igualdad social y blablablá, pero dejan que en la realidad de los hechos decenas de personas (y sobre todo mujeres) estén sometidas a la violencia y al maltrato.

Hay momentos en los que la sociedad vive episodios que son como pequeñas metáforas de sus males. Y este es un caso formidable: se trata de la desidia e incapacidad de las autoridades públicas por resolver un problema que ocurre a la vista de todos, que perjudica gravemente a los más débiles, y que, a pesar de todo eso, encuentra justificativos teóricos en actores sociales que además tampoco lo enfrentan.

Son actores que gozosos entran en trance izquierdista y ponen los ojos en blanco, repitiendo como un mantra sus majaderías ideologizadas y dándose palmaditas de satisfacción entre ellos en sus respectivos hombros izquierdos porque lograron comunicarse en la jerigonza inclusiva de su última moda progre. Luego, toman todos juntos el enésimo mate lavado del comité y rumian lerdamente, con la mirada bobalicona propia del pesado bovino de nuestras praderas, su tan enjuta como dogmática retahíla sobre el país.

Cuando se difundan pretensiosos análisis sobre la sociedad o la política uruguaya producidos en esa Facultad, recuerde que allí nadie logra evitar que unos indigentes entren y caguen en sus salones de clase.

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