Francisco Faig
Francisco Faig

La izquierda y Galeano

En estos días se acumularon las noticias que giraron en torno a dos importantes episodios para la izquierda: el apretón de manos entre Castro y Obama y la muerte de Galeano. Juntos, aparecen como el final de una época larga que se abrió en la década del sesenta.

En estos días se acumularon las noticias que giraron en torno a dos importantes episodios para la izquierda: el apretón de manos entre Castro y Obama y la muerte de Galeano. Juntos, aparecen como el final de una época larga que se abrió en la década del sesenta.

La Cuba de Castro nunca fue relevante como referente de libertad y justicia social. Si salimos del encierro izquierdista sudamericano, que tanto protagonismo tiene entre los intelectuales “compañeros“, nadie duda del fracaso y la opresión que gobiernan Cuba. Sin embargo, el papel de La Habana sí fue relevante en tiempos de Guerra Fría para la extensión de la iniciativa revolucionaria socialista en todo el continente.

Semejante tarea de política internacional no podía llevarse adelante sin el apoyo decidido del mundo de la cultura. Por supuesto, la historia latinoamericana del siglo XX daba numerosos ejemplos de imperialismo yankee. Pero se precisaba algo más que una simple sucesión de canalladas históricas. Se precisaba un relato, una explicación más amplia, un sentido colectivo que situara el devenir latinoamericano en una perspectiva de liberación, sentir antiimperialista y porvenir socialista.

Allí ocupó un lugar preponderante “Las venas abiertas de América Latina”, y en general, las sentencias de Galeano para dar sentido al mundo internacional. El éxito de la empresa fue fenomenal, porque justo es decir que podía encontrar, sin grandes esfuerzos, enormes desgracias e injusticias acumuladas en la historia de la región.

La magia de su narrativa ocultó lo más difícil: el matiz y la complejidad. Fue al corazón de lo más sencillo: una promesa de redención hecha de voluntarismo y sentido de justicia maniqueo. Y fue una magia que cautivó a populosas clases medias que, a partir de las décadas de los 60 y 70 sobre todo, accedieron a la lectura como herramienta de conocimiento, como nunca antes.

Lo que ni Cuba ni Galeano aclararon nunca es que el modelo alternativo promocionado explícita o implícitamente desde esa política y esa cultura particulares de fines del siglo XX, era un rotundo fracaso allí en donde se estaba llevando adelante. Un fracaso no solo económico, sino sobre todo desde esa perspectiva de reivindicación de libertad, igualdad y justicia social tan promovida. ¿Acaso no lo sabían los Castro? Por supuesto que sí, lo que no les impidió adherir a la represión a Checoslovaquia en 1968. ¿Acaso no lo sabía Galeano?

Ya cerrado el tiempo de Guerra Fría, la crítica al modelo de democracia liberal y economía de mercado tomó otros rumbos. Ya no se reivindicó tanto el modelo socialista soviético. Pero sí se siguió criticando la avaricia materialista tan propia del Calibán, y los excesos del mundo modelado por la hiperpotencia estadounidense.

La obra de Galeano nunca transitó un camino de grandeza que devolviera cierta complejidad al entendimiento del mundo, y que reconociera el esencial infierno del paraíso socialista del siglo XX. Sin embargo, ella pudo haber tomado ejemplo de Koestler, el intelectual húngaro que fue comunista en su juventud. Tan temprano como en 1940 escribió “El cero y el infinito”: denunció la mentira y el fraude del comunismo.

Podrá decirse que nuestra izquierda no tenía porqué leer a Koestler. Pero sí tenía a mano, desde 1948, “La esfinge roja” de Frugoni. Prefirió los apotegmas de Galeano.

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