Francisco Faig
Francisco Faig

La interna blanca

El resultado de la interna blanca parece bastante más incierto hoy de lo que podía avizorarse en diciembre pasado. Conviene desatarse de las urgencias propias de la recta final de campaña, para entender bien qué es lo que está en juego.

Hay un par de datos elementales que muchos dirigentes opositores no terminan de asumir a cabalidad. Primero, que Mujica ya fue presidente. Es decir, ya ganaron cierto discurso demagógico; la reivindicación del igualitarismo contra la excelencia; y la relegitimación tácita del acomodo clientelista, con una corrosiva corrupción que descree de la imparcialidad de la ley. En términos ciudadanos, hoy el Uruguay ya no es aquel capaz de votar NO en noviembre de 1980, sino que es el que dio mayoría parlamentaria absoluta a un partido que, sin complejos, llevó de vice en 2014 a alguien cuyo eslogan electoral era idéntico al de Ancap.

El segundo dato es que ese rostro político es reflejo de nuestra fractura social. Si bien hubo mejoras económicas contundentes por la bonanza iniciada en 2003, el mundo de clase media y popular sobrevive hoy con al menos dos grandes problemas: ingresos muy menguados, cuyos ejemplos son que la mayoría de los salarios y la gran mayoría de las jubilaciones y pensiones son inferiores a $ 27.000 al mes; y una gravísima situación de inseguridad, hecha de numerosos y cotidianos hurtos, rapiñas y homicidios.

Este es el país real que, por tres veces ya desde 2004, dio palizas electorales a los blancos. Empero, y por primera vez en muchos años, algunos de ellos han logrado llamar la atención del voto popular y urbano. Por un lado, Larrañaga lideró la campaña “vivir sin miedo”, es decir, logró representar políticamente las urgencias sufridas por las clases populares por causa de la mayor inseguridad. Por otro lado, Sartori desembarcó en el mundo urbano para captar adhesiones en base a despliegues territoriales pagos, es decir, explicitando sin complejos la ya existente profesionalización de la militancia electoral.

Seguramente no sean entonces antojadizos los crecimientos que ambos muestran en sus intenciones de voto para la interna, ni tampoco sea extraña la expectativa cada vez mayor que genera Sartori en particular, que logra concitar en su favor, incluso, destacadas adhesiones. Sin embargo, la otra perspectiva blanca, que privilegia un aparato partidario que claramente será protagonista en junio, no debiera perder su norte electoral frente a tanta desafiante novedad: ni vetar con soberbia posibles candidatos a vicepresidente; ni apostar a componendas en una futura convención blanca para proscribir a tal o cual, por muy nuevo, muy gordo o muy petiso.

Es que lo que está en juego es mucho más importante que el impulso de Sartori o el favoritismo de Lacalle Pou. Los blancos, como partido, son la base sobre la cual deben confluir otros partidos desafiantes al Frente Amplio para dar certezas a la ciudadanía de que es posible y deseable una alternancia en el poder pluralista y responsable. Deben evitar por tanto su histórica tentación de transformar su ombligo partidario, hecho demasiadas veces de declaraciones conventilleras, en el centro del universo. Porque cada vez que esa tentación triunfó, el resultado fue una trágica derrota electoral.

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