Francisco Faig
Francisco Faig

La ilusión todavía vigente

Se han publicado varios y buenos análisis acerca de si hay posibilidades de un cambio político, y si es así, cuál debiera ser su contenido.

Se han publicado varios y buenos análisis acerca de si hay posibilidades de un cambio político, y si es así, cuál debiera ser su contenido.

La alternativa existe. Si se comparan luces y sombras de esta década frenteamplista con lo que son los talantes, experiencias y propuestas de los partidos de oposición, nadie puede decir que blancos, colorados e independientes no estén preparados para gobernar. En estos años ha quedado claro que era falso que el Frente Amplio tenía cuadros de gobierno magníficos y muy superiores a los de los partidos tradicionales. La amarga verdad es que en todas partes se cuecen habas.

Más complicado es avizorar qué discurso, ideal y proyecto colectivo podrán volcar a la mayoría en un sentido no frenteamplista por primera vez en quince años. Primero, porque los numerosos decepcionados de izquierda, hoy ácidos críticos, terminarán alineados con su partido cuando las papas quemen. Todos comparten el mismo ideal: en última instancia, más vale uno de los míos que el retorno de la derecha-neoliberal-conservadora-oligarca y demás calificativos que seguro la lisérgica imaginación de Xavier les proveerá.

Segundo, porque ahora que la bonanza se terminó y que la izquierda es criticada, hay una entendible tentación de quienes ideológicamente se sienten más lejos del gobierno por intentar ganar la confianza popular sobre la base de afirmar que se es enteramente diferente al Frente Amplio. Se trata de la razonable teoría de que para ganar no se precisa una fotocopia del oficialismo, sino algo distinto que entusiasme.

El problema es que ni unos ni otros terminan de conciliar con nuestro sentido común ciudadano, que no siente como propias las críticas que recibe el gobierno desde su izquierda, ni tampoco se siente cómodo con un discurso opositor que se abrace al espíritu individualista emprendedor, al liberalismo de economía competitiva, a una reivindicación moral y social reaccionaria, o a cualquier otra idea similarmente extraña a nuestra esencia nacional.

La gente creyó (y cree) muy mayoritariamente en el proyecto conservador que propuso el Frente Amplio como ideal nacional. Lo encarnaron las tres principales figuras de la izquierda. Por muchos años ellas tuvieron en las encuestas las mayores valoraciones positivas de las que haya registro. Y a él se plegaron además varios intendentes blancos, con monumento a Sendic, clientelismo discrecional y loas a Mujica incluidos.

Hoy el desencanto es porque no está asegurada la promesa de la tranquilidad eterna como sinónimo de felicidad y porque es claro que muchos frenteamplistas se acomodaron demasiado en el poder. Pero no por ello al uruguayo se le ocurre abandonar su ilusión estropeada y pasar a confiar en algo totalmente distinto que considere, por ejemplo, que esta década fue perdida.

El triunfo de la estrategia “Por la positiva” de Lacalle Pou en 2014 no fue casualidad. Ese talante fijó un rumbo inteligente para aceptar todo lo bueno de estos años y construir desde allí una real alternativa. Es sólo desde ese estilo político aggiornado que puede seducirse a una mayoría que sí está decepcionada con cierto cómo, pero que sigue ilusionada con el ya tres veces plebiscitado frenteamplista qué.

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