Francisco Faig
Francisco Faig

Haberkorn y el horno

Me cansé de pe-lear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook”, escribió Leonardo Haberkorn en su renuncia pública a dar clases de periodismo en la universidad. Tocó así un problema serio de la tarea educativa de hoy vinculado a una juventud obnubilada por internet y las redes sociales, y partícipe de cierta perversión de la idea democrática.

Me cansé de pe-lear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook”, escribió Leonardo Haberkorn en su renuncia pública a dar clases de periodismo en la universidad. Tocó así un problema serio de la tarea educativa de hoy vinculado a una juventud obnubilada por internet y las redes sociales, y partícipe de cierta perversión de la idea democrática.

Las nuevas generaciones están en estrecha interacción con tres pantallas omnipresentes en sus vidas: la televisión, la computadora y el celular. No necesariamente leen menos que las anteriores, pero lo cierto es que los libros en papel ya no ocupan tanto un lugar central de proveedor de información. Son los datos que están en internet los mayormente consultados. Así las cosas, se plantean al menos dos problemas.

Primero, que no siempre lo que se puede encontrar en internet garantiza la calidad de la información obtenida.

Segundo, que sin el asesoramiento de un experto que abra distintos horizontes y consultas posibles sobre lo que se está estudiando, internet no será beneficioso.

Aquí es donde importa la tarea del profesor. Primero, porque desde su saber especializado abre un mundo de conocimientos que ayuda a moldear mejor el habitus social que el estudiante trae consigo y que lo orienta en el espacio social, con relación a sus opciones, sus gustos y sus actitudes. Segundo y vinculado, porque como bien escribió Arendt en “la crisis de la educación”, el profesor tiene la responsabilidad de la autoridad que da el conocimiento.

La descripción de Haberkorn va al corazón de esta doble dimensión devaluada. Por un lado, en el país del más o menos que menosprecia la excelencia, se extiende el reflejo de un utilitarismo pobre, barato y provinciano resumido en “para qué voy a estudiar esto si en mi mundo no me sirve”. Entonces, hay demasiados estudiantes que desdeñan saber qué pasó en el mundo político del siglo XX, o qué fue la guerra de las Malvinas. Por otro lado, en el país en que resulta normal que el niño enseñe a la maestra a usar la ceibalita, se extiende la sorda deslegitimación de la autoridad del saber. Entonces, hay demasiados estudiantes que creen que el aula debe ser un espacio democrático en el que todas las opiniones valen lo mismo, o que rebuznan de enojo cuando pierden exámenes sin haberlos preparado más que con algún power point desde la ineptitud de la soberbia, o con algún videíto que entretenga la visión.

Es obvio que hay estudiantes cuyas actitudes son distintas y mejores. Casi siempre traen de sus casas el capital cultural y la disciplina que les permiten sacar mejor provecho de las herramientas universitarias. También es cierto que no está mal que los que no logran zafar de la omnipresencia de las banalidades de las redes sociales, al menos puedan recibir cierta influencia cultural positiva pasando por la universidad.

Pero Haberkorn describió lo que en realidad ocurre en todas partes con una juventud que es la elite social y cultural del país. Y es la elite porque sigue siendo la minoría, como entre los mayores de 25 años donde menos del 20% pasó por la enseñanza terciaria. Nuestro problema como sociedad es que si así es la elite del futuro, no podremos evitar estar en el horno.

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