Francisco Faig
Francisco Faig

El gradualismo suicida

Palamidessi, director ejecutivo del instituto de evaluación educativa, tiene razón: el bajo nivel educativo de las nuevas generaciones es un suicidio para el país. Estamos generando dos razas: unos muy poquitos con buen nivel educativo formal y capital social y cultural para insertarse en la economía; y la gran mayoría, superior al 75% por generación, que pierde el tren.

Palamidessi, director ejecutivo del instituto de evaluación educativa, tiene razón: el bajo nivel educativo de las nuevas generaciones es un suicidio para el país. Estamos generando dos razas: unos muy poquitos con buen nivel educativo formal y capital social y cultural para insertarse en la economía; y la gran mayoría, superior al 75% por generación, que pierde el tren.

Si estos son los datos conocidos por todas las elites políticas, sociales y económicas del país desde hace muchos años, ¿por qué somos colectivamente incapaces de cambiar esta realidad que, sin ninguna duda, nos lleva a un futuro menos próspero y menos democrático? La respuesta más conocida es que hay bloqueos institucionales, políticos, de recursos humanos y económicos que impiden modificar drásticamente este rumbo. Pero esta explicación es floja, porque todo cambio exitoso siempre enfrentó oposiciones que finalmente fueron vencidas.

La verdadera explicación es nuestra preferencia colectiva por el gradualismo. Se trata de un método de implementar reformas que opta por pequeños pasos, graduales, porque entiende que esa es la mejor manera de avanzar. Los objetivos son menos ambiciosos con tal de disminuir los conflictos implícitos que trae cualquier cambio. Reconoce que reformas más profundas pueden ser más rápidas en obtener resultados, pero cree que ellas corren el riesgo de no ser duraderas porque levantan mayores resistencias. Intenta pues lograr cierto consenso político o social para evitar que la firmeza de los pequeños cambios implementados sea considerada autoritaria o inconsulta.

El problema es que el gradualismo es una gran mentira azuzada por la demagogia de quienes creen que es un método menos arriesgado electoralmente. Apoyado en la autocomplacencia feliz de nuestras clases medias, promueve soluciones sin grandes sacrificios. Nos hace creer que podemos irla llevando porque, gradualmente, la situación mejorará. Pero al final falla gravemente, porque no termina realizando los cambios de envergadura que el país precisa a la vez que tampoco logra evitar los conflictos que toda reforma trae consigo.

Esta sustancial carencia no es nueva. Ocurre que antes se disimulaba tras una amplia base social de clases medias que la sufrían relativamente menos que los más pobres. Pero como desde 1985 el gradualismo ha ocupado el mayor tiempo de implementación de políticas públicas, su escondida gangrena de conservadurismo quietista ha terminado por pudrir órganos vitales del tejido nacional.

La ilustración más evidente se da en la educación pública: ya no alcanzamos a cumplir ni siquiera con pequeños objetivos, como asegurar ciertas horas de clases anuales o mejorar un poco el nivel de aprendizajes; empero, las resistencias a cualquier mínimo cambio son vigorosas y los conflictos más graves están a la orden del día, como lo mostró la reciente iniciativa frustrada de Fenapes.

No estamos al borde del precipicio, sino que vamos en caída libre asentando una fractura social que dibujará un Uruguay centroamericanizado, completamente ajeno a la otrora Suiza de América. El gradualismo nos llevó al suicidio colectivo descrito por Palamidessi. Y lo peor es que ni siquiera estamos dispuestos a reconocerlo.


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