Francisco Faig
Francisco Faig

Gato por liebre

Desde Caetano hasta Orsi, la izquierda quiere dar la idea de que el gobierno de Lacalle Pou es enemigo del Estado batllista. Empero, hay fuertes razones que contradicen esa afirmación.

Primero, lo básico: ¿qué es el Estado batllista? Hubo varios Batlle que marcaron con su impronta al Estado, en diferentes épocas del país y del mundo. Si la afirmación izquierdista refiere a que este gobierno de 2020 no cree que sean aplicables hoy los modelos de Estado concebidos a inicios del siglo XX, posteriores a la crisis de 1929, o propios de los años cincuenta, la verdad es que estamos ante una muy buena noticia. Porque adherir a alguno de esos viejos modelos de Estado no es más que una ensoñación histórica y una quimera infantil y voluntarista, que cree que con recetas de hace un siglo se puede alcanzar el progreso y el bienestar en el mundo actual.

Segundo, ese discurso izquierdista pretende hacer pasar gato por liebre. Porque una cosa es un Estado presente y eficiente en lo económico y social, y otra muy distinta es un Estado tomado por corporaciones, al servicio del clientelismo partidario y que no cumple bien las funciones que se le encomiendan.

Ese Estado disfuncional, que es un Leviatán imposible de soportar, es el que heredamos de los quince años de gobiernos del FA: el de las inversiones irracionales, como en el caso de Ancap; el de los apoyos inconducentes, como los millones para Alas-U; el de las cárceles en las que se violan sistemáticamente los derechos humanos; el que acomodó impunemente a los frenteamplistas militantes como embajadores itinerantes o con centenares de cargos de confianza; el que demoró por causas ideológicas los tiempos de adopción de los niños que más precisan nuevas familias; o el que permitió que se prostituyeran niñas-adolescentes residentes en el INAU y torturó a decenas de menores que estaban en sus centros de detención.

Los Caetano y los Orsi dicen adherir al Estado batllista, pero en realidad promueven el Estado Leviatán. En su gato por liebre, quiere hacernos creer además que los blancos, y en particular los herreristas, son enemigos de un Estado- providencia entendido como la mejor versión filosófica y conceptual del Estado batllista. En realidad, ese antinacionalismo es una suerte de actualización de los viejos manualcitos de propaganda bolche: puro blablablá ideológico.

En efecto, alcanza con analizar sin prejuicios zurdos las políticas de los gobiernos entre 1959 y 1967 y entre 1990 y 1995, para darse cuenta que de ningún modo los blancos se privaron de la acción pública o desmantelaron la presencia más sustantiva del Estado. Y alcanza con fijarse en las décadas de políticas concretas de los gobiernos departamentales blancos, para concluir que de ningún modo ellos han tomado medidas en favor de un Estado mínimo.

Sin embargo, es cierto que existe un impulso blanco que busca achicar, reducir y disminuir la terrible telaraña burocrática que aparece como una consecuencia natural del exceso de complacencia en las tareas de un Estado que, si no se lo limita, termina transformándose en un Leviatán que impide el desarrollo. Ese talante disgusta notoriamente a los que idolatran al socialismo estatista. Pero está muy lejos de transformar a los blancos gobernantes en enemigos del Estado batllista.

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