Francisco Faig
Francisco Faig

Fútbol fanático

En el gran libro argentino de 2013 “Progresismo el octavo pasajero”, Guillermo Raffo analiza la evolución de los últimos 30 años de la expresión de la pasión futbolera en ese país.

Escribe que el gran cambio “tiene que ver con una desesperante necesidad de identificación unida a la construcción de un rival con niveles de enfrentamiento extremos. Ser de River pasó a ser un amor desmesurado por los colores de la camiseta unido a un odio sin límites a Boca y viceversa”.

La rivalidad se convirtió así en una siniestra forma de vida, agrega Raffo. Y trae el siguiente ejemplo sobre una emisión del programa “el aguante” dedicado a mostrar las hinchadas de los equipos, de 2003: “un hincha de Rosario Central cuenta la siguiente anécdota: hace unos 20 años, mi padre se tenía que hacer un cuádruple by-pass. Había que conseguir 25 dadores de sangre en 48 horas. En esa época no había bancos de sangre (…) Vino un amigo de papá, hincha de Newell´s y le dije: “no, vos no”. Yo creo que con esa sangre, papá se quedaba en la operación”.

Así, lo que aparece narrado como un hecho simpático en ese programa de hinchadas, no es más que la expresión de un bárbaro fanatismo identitario.

La celebración del folclore del fútbol sin ninguna distancia crítica; la idealización del “sentimiento inexplicable” por tal o cual cuadro; y la naturalización de la exclusión violenta de quien no comulga con la misma pasión, no han hecho más que agravarse en estos años.

Raffo escribe algo que bien podría aplicarse al fútbol uruguayo, sobre todo en la expresión de sus dos grandes hinchadas: “la fanatización fascista por parte de sectores de clase media se acentuó a niveles mayúsculos sin que ese cambio haya sido registrado por la sociedad que ha hecho un culto de los juegos de adhesión y rivalidad extremos”.

Antes de seguir, diré que soy hincha de Nacional. A la vez, por vínculos de mi familia Garicoïts, me simpatiza Racing de Montevideo; por tradición Ugarte, Laureles de Fray Bentos; y por entrañables amistades, Colo Colo de Chile. Como mostré mi alegría por el campeonato 2019 para Nacional, un amigo de redes sociales que sabía en parte de mi múltiple simpatía, me señaló que, por ella, mi alegría no era legítima. Como en el caso del hincha de Rosario Central, este amigo cuarentón y bolsilludo no es un huno primitivo, sino más bien un digno hijo de las clases medias montevideanas, universitario, pocitense, educado en uno de los mejores colegios del país, y capaz, incluso, de entender razonamientos complejos. Empero, en definitiva, su parecer expresó la intolerancia del fanático.

Se pueden encontrar varias explicaciones a tanto fanatismo identitario futbolero. Una de ellas, nada menor, es una especie de compensación emotiva frente a una realidad evidente, que es que ni Nacional ni Peñarol, de pasados gloriosos a nivel mundial, no ganan nada en serio desde hace 30 años. Otra, más compleja, es que la adhesión futbolera extrema oficia de sucedáneo identitario en un mundo que ya no cree en grandes relatos filosóficos, religiosos, políticos o sociales.

El fanatismo futbolero es capaz de matar por un sí o por un no. No es por tanto sólo un tema de fútbol, sino que es uno de los tantos graves problemas de sociedad que heredará el nuevo gobierno del país.

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