Francisco Faig
Francisco Faig

El Frente en el diván

El chivo expiatorio de la oposición y los medios rindió más que una simple declaración del Plenario. Ahora diversos dirigentes de peso y hasta el propio Vázquez decidieron emprenderla contra la prensa crítica. Se trata de un viejo reflejo político que sirve para alinear a la tropa en momentos de zozobra. Pero lo que sobre todo han intentado distintos referentes de izquierda en reportajes, declaraciones y análisis, más allá de reconocer errores o apuntar mejoras, es restaurar el espíritu de cuerpo partisano.

El chivo expiatorio de la oposición y los medios rindió más que una simple declaración del Plenario. Ahora diversos dirigentes de peso y hasta el propio Vázquez decidieron emprenderla contra la prensa crítica. Se trata de un viejo reflejo político que sirve para alinear a la tropa en momentos de zozobra. Pero lo que sobre todo han intentado distintos referentes de izquierda en reportajes, declaraciones y análisis, más allá de reconocer errores o apuntar mejoras, es restaurar el espíritu de cuerpo partisano.

Cuando los aliados de estos años en la región avergüenzan por su corrupción; cuando la certeza de tener los mejores equipos de gobierno se agrieta en el cemento Ancap, se avergüen- za con cada tilinga declaración de la ministra de educación y se agota en la estanflación; cuando las promesas del país de primera se rompen en la perenne desidia estatal cebada ahora por un animoso clientelismo compañero, ¿qué queda?

Quedan el cinismo de las frases hechas, como que “la verdad es siempre revolucionaria”, los delirios de comité que imaginan complots divisionistas, y las marcha atrás de sello mujiquista, como lo de las chambonadas y que se fue la moto. Pero sobre todo queda el reflejo identitario primigenio que todos comparten, que es que el verdadero izquierdista es honesto, bueno, generoso, ético y sustancialmente mejor que alguien que no se defina como tal. Queda apelar al credo del monopolio de la superioridad moral.

El eje del debate cambia y la reivindicación pasa a ser moral. Ya no importa si la realidad, todos los días, muestra que el dogma se resquebrajó irremediablemente. Como se trata de una petición de principios, el hombre de fe izquierdista cree que cualquier ejemplo que lo contradiga es solo una traición puntual que no afecta su quintaescencia superior.

La estratagema funciona como una terapia que devuelve cierto sentido identitario colectivo. Tiene la ventaja de la arbitrariedad propia de una reivindicación subjetiva, porque cada uno delimitará libremente el radio del círculo dentro del cual perviven los verdade-ros izquierdistas. Desde ese lugar, ratificado por la certeza hegeliana de ser los protagonistas del sentido de la historia, los compañeros rea-firman la legitimidad de su discurso crítico. Sobre todo, redefinen el campo de los amigos, para reconocer- se en una concepción política tan schmittiana como infelizmente adolescente y extendida.

Mientras que la izquierda interroga así su ombligo en el diván, el país se cae. Perdurarán vigorosos sus ademanes clientelistas, esos que inclu-so pueden asegurar nuevos triunfos electorales. Pero llegados al final del camino de la bonanza, la constatación es que derrochamos los gastos del presente y nos desinteresamos del futuro. En las clases populares, de la minoría que va al liceo, 7 de cada 10 jóvenes no entienden lo que leen. Pero como ellas son las que más la votan, la izquierda con su rostro hirsuto, hierático y de piedra, ni se inmuta.

La ola progresista está muriendo en la orilla de la sempiterna corrupción suda-mericana. Nuestra izquierda se contradice, duda, se interroga, ataca, se flagela, piensa y se preocupa. Seguramente podrá guardar el poder. La tragedia es a qué costo.

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