Francisco Faig
Francisco Faig

La ética frentista

Lo segundo que se supo de Graciela Villar fue que mintió por años, al adjudicarse ser psicóloga social en su perfil de Twitter y en la página de la Junta de Montevideo, y al dejar que se la señalara en eventos oficiales, sin reproche alguno, como Licenciada.

Naturalmente, mucha gente se molestó frente a algo que se asemeja mucho al caso del título trucho de Sendic, y por lo que significa constatar, una vez más, que dirigentes frenteamplistas y personalidades afines a la izquierda se asignan en sociedad méritos que en realidad no poseen.

En efecto, no han sido pocos casos. Algunos de los más obvios, son los siguientes: el senador de León se presentó por años en reuniones oficiales como ingeniero agrónomo y no lo es; un notorio ahora exdirigente socialista, que trabajó en la oficina de planeamiento y presupuesto, fundador del colegio de sociólogos, resultó que no poseía ningún título universitario de sociólogo; durante años un exsecretario del Frente Amplio afín a Miranda, sostuvo también ser sociólogo, aunque luego tuvo que aclarar que en verdad no lo era, y siguió tan campante con su protagonismo político intacto; y el actual rector de la Universidad de la República figuró en distintos foros como doctor y magíster, y también se autodefinió en reportajes como posgraduado, pero en realidad no posee ninguno de esos títulos.

Más allá de la extendida y entendible indignación ciudadana por el caso Villar, lo que hay que entender es có-mo ocurren estos fenómenos. Y parte de la explicación es que todos estos referentes izquierdistas no temen sufrir sanciones sociales (ni legales) por sus mentiras conscientes y graves. Si te agregas un título que no tienes, no pasa nada: la mirada frenteamplista no te sanciona, tus pares y compañeros no te hacen sentir mal y tu mundo no se derrumba aplastado por la vergüenza social. Por el contrario, miles de personas justificarán tu mentira y no le darán mayor importancia a la constatación del fraude.

Lo de Villar es como la ilustración paradigmática de la ética frenteamplista actual: incluso si se busca un candidato en el fondo del anonimato de los dirigentes más comunes para revivificar así el espíritu izquierdista, es probable que haya mentido con su título, que sea incapaz de reconocer que Venezuela sufre una dictadura, o que exprese su odio hacia el enemigo político que, en los próximos meses, estará sobre todo encarnado en Manini Ríos.

Villar cumple, brillantemente, con todas esas condiciones. Y es por eso, justamente, que encaja tan bien con el perfil de luchador incansable que la estrategia de Martínez quiere reanimar para dar su batalla electoral. Villar no es un error ni una excepción. Veinte años de festejada prédica mujiquista terminó moldeando una ética propia en la que Villar, de León, Reboledo o Arim, son todos aceptados sin problemas.

Empero, lo que parece haber dejado claro la votación del 30 de junio y su evidente sanción electoral al Frente Amplio, es que el Uruguay de siempre está harto de esa decadente ética frenteamplista. Si en vez de sepultarla ella es alentada por la pretendida renovación de Martínez, entonces la gente seguirá castigando, con razón, a la izquierda. Y no se precisa ser psicólogo social para concluirlo.

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