Francisco Faig
Francisco Faig

Estancados y sin tren

Hoy que nuestra economía está estancada, que casi nadie cree en que tengamos que ir en el estribo de un Brasil en crisis y siempre corrupto, y que el desfalco kirchnerista muestra ribetes cinematográficos, cae como una pesada condena aquella sentencia de Vázquez de 2006: “el tren, algunas veces, pasa solo una vez”.

Hoy que nuestra economía está estancada, que casi nadie cree en que tengamos que ir en el estribo de un Brasil en crisis y siempre corrupto, y que el desfalco kirchnerista muestra ribetes cinematográficos, cae como una pesada condena aquella sentencia de Vázquez de 2006: “el tren, algunas veces, pasa solo una vez”.

Si hubiéramos firmado un TLC con Estados Unidos hoy todo sería distinto. Aunque por definición el ejercicio de historia contrafáctica carezca de pruebas inapelables, con la perspectiva que da esta década no es difícil afirmar que ese acuerdo nos hubiera permitido: mayor comercio para nuestros productos competitivos, sobre todo agropecuarios; ser la cabecera de referencia en la Sudamérica atlántica para inversiones estadounidenses que apuntalaran nuestro crecimiento; participar de la liberalización comercial que benefició luego a los países de la Alianza del Pacífico; aligerarnos de la carga de un Mercosur cuyo peso muerto es hoy mayor que en 2006; limitar nuestra dependencia comercial con China, a la vez que potenciar otras aperturas, como por ejemplo con la Unión Europea; y de forma general, beneficiarnos de la influencia moderna, plural y pujante de empresas, universidades y cultura norteamericanas que siguen siendo las más destacadas del mundo.

En vez de todo eso, cerramos la puerta al TLC y a todo su empuje dinamizador. Preferimos atarnos a la coyuntura de fuerte crecimiento chino y no enfrentar ningún cambio que pudiera alterar nuestro cansino andar nacional. La izquierda conservadora no logró exorcizar el pavor al imperialismo yanqui, para abrazar, felices y recitando el evangelio de Jorge Abelardo Ramos, los intereses conjuntos de Buenos Aires y de Brasilia. Parapetados en esos intactos prejuicios sesentistas, que solo tienen predicamento en nuestra cultura de encierro bovino, los intelectuales a la Simón lograron incluso, años más tarde, impedir un acuerdo Ceibal-Google rumiando las mismas sandeces que en 2006.

Porque hoy, con las cartas vistas, importa recordar que la izquierda del comité de base no levantó sola su muro de yerba anti-TLC. Varios referentes universitarios de izquierda, muchos de los cuales siguen opinando sin jamás hacer una autocrítica, se preguntaron en una carta abierta si era “posible ir por más y mejor Mercosur y a la vez concretar un TLC con los Estados Unidos”, y plantearon que ese TLC era de conveniencia “al menos dudosa”. Apretados en su medroso corral que desdeña cualquier horizonte de cambio, pero que siempre asegura la provisión estatal de ración para sus aldeanos y miopes intelectuales orgánicos, ayudaron así a relativizar la gravedad del posterior fracaso del TLC. Años más tarde y siempre apretados en el mismo corral, con éxito también mugieron contra el TISA.

Ahora que se responsabiliza de la caída regional y de nuestro estancamiento a una “crisis del capitalismo internacional” que en realidad solo puede ser pergeñada a la sombra del muro de yerba, hay que asumir nuestras elecciones. Falló el liderazgo político del Frente Amplio que bien podría haberse apoyado en la otra mitad del país para votar el TLC. En vez de eso, prefirió apañar los prejuicios izquierdistas que terminaron dejándonos en Pampa y la vía.

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