Francisco Faig
Francisco Faig

Esquiva opinión

El río está revuelto. Hay molestia ciudadana hacia la actividad política. A pesar de ser un país históricamente con fuertes y masivas adhesiones partidarias, un reciente resultado de encuesta de opinión arrojó un 40 por ciento de respuestas en blanco/no sabe sobre opciones electorales para 2019.

¿Qué está pasando?

Primero, está la desilusión con el Frente Amplio (FA). Sea ella más grande de lo que parece o menos vigorosa de lo que la oposición quisiera, lo cierto es que muchos votantes de izquierda de las últimas elecciones están defrauda-dos. No se trata de gente que forma el núcleo duro del FA —ese tercio del total del país, aproximadamente, cuya adhesión es casi religiosa—, sino de ciudadanos que forman parte de esos 400.000 uruguayos que, sin tanta atadura, deciden cada vez libremente a quién votar, y que lo hicieron muy mayoritariamente por el FA en la última década.

Seguramente el perfil socioeconómico de esos votantes decepcionados sea sobre todo el de metropolitanos de ingresos medios a los que no les sobra nada. En esta década han mejorado mucho su nivel de consumo pero están preocupados por el futuro, ya que de distintas formas entrevén cierto agotamiento de la era frenteamplista.

Segundo, está el cambio más de largo plazo ligado a una menor politización partidaria. Si bien perduran numerosos grupos de militantes políticos activos, lo cierto es que la sociedad ya no considera a los partidos tan protagonistas como antes del quehacer político y social. Hay otros temas en los que involucrarse, distintas organizaciones de las que participar, otras lógicas de acción. En definitiva, nuestra normal vida democrática exige una fuerte atención ciudadana cada cinco años y todos sabemos quiénes gobiernan y quiénes son la alternativa, por lo que en este esquema es razonable que la gente en general no esté pendiente del cotidiano partidario.

Además, la multiplicación de mundos con sentido fuera de la vida política partidaria clásica ha ido ocupando el tiempo libre de las clases medias que crecieron en esta década. Subir algún peldaño en el nivel de confort facilitó integrarse, por ejemplo, a organizaciones sociales locales o temáticas. Pero también abrió horizontes a nuevos intereses: temas de salud, de deporte o de bienestar espiritual, por ejemplo, o una vida ampliada de gustos familiares compartidos. Se privilegia, en definitiva, el encanto de la vida privada antes que la atención a la vida pública.

Estas dos razones seguramente expliquen bastante el desinterés de la política y hasta parte del enojo actual de las clases medias. Sin embargo, estos sentimientos también se constatan en las clases populares urbanas. Allí los problemas son otros, y mucho más graves que en el resto de la sociedad: sobre todo, una inseguridad feroz que hace de la vida cotidiana un infierno, una pésima educación pública que impide la perspectiva del ascenso social basado en el esfuerzo del trabajo bien pago, y una anomia social gravísima. Y la clave está en que son barrios en los que el FA votó casi siempre por encima del 60% del total.

¿La actual esquiva opinión de las clases populares es acaso el preámbulo a una masiva desafección electoral por el FA? En la respuesta estará gran parte del resultado de 2019.

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