Francisco Faig
Francisco Faig

Errores y omisiones

En la tarea de descifrar la evolución política y social del colectivo nacional se pueden cometer errores. Analizando los resultados de las encuestas de estos meses, sopesando los antecedentes electorales del país, escuchando diversas voces en sus evaluaciones y tomando en cuenta los tumbos que dio la campaña electoral frenteamplista, me equivoqué en algo sustancial: nunca pensé que el Frente Amplio pudiera alcanzar la mayoría absoluta en Diputados por tercera vez.

En la tarea de descifrar la evolución política y social del colectivo nacional se pueden cometer errores. Analizando los resultados de las encuestas de estos meses, sopesando los antecedentes electorales del país, escuchando diversas voces en sus evaluaciones y tomando en cuenta los tumbos que dio la campaña electoral frenteamplista, me equivoqué en algo sustancial: nunca pensé que el Frente Amplio pudiera alcanzar la mayoría absoluta en Diputados por tercera vez.

Era claro que no habría empate político (y no lo hubo). También, que el Partido Nacional votaría mejor que en 2009, y que algo así podía suceder con el Partido Independiente y con Unidad Popular. Pero, en mi opinión, no parecía lógico que si todo eso ocurría, además el Frente Amplio lograra asegurarse 50 diputados. Porque había dos poderosas razones que argumentaban en ese sentido: el natural desgaste en el poder —luego de dos gobiernos consecutivos— y la falta de antecedentes para una tercer mayoría absoluta (no se había logrado ni cuando Maracaná).

Al menos desde 1918, la norma entre nosotros había sido, casi siempre, pactar entre adversarios para conducir el país. Finalmente, consciente de la imposibilidad de otear todo el nuevo horizonte de lealtades y adhesiones tan disímiles que ofrece una sociedad fragmentada como la nuestra, era de rigor cotejar esas pequeñas certezas con estudios de opinión. Los resultados de encuestas ratificaron entonces mi visión, que terminó siendo equivocada.

Con resultados a la vista importa entender el profundo cambio político del país. Una década de gobiernos de izquierda no impidió una nueva mayoría absoluta —que será completa si Vázquez gana el balotaje. Pero sobre todo, en estos años, las preferencias se corrieron hacia partidos de izquierda: 54 diputados de ese signo general hoy, cuando eran 53 en 2004. Del otro lado, los partidos tradicionales como bloque bajan su representación. Se sostienen los blancos en general, pero solo conservan su mayor preferencia en 5 departamentos. Se derrumba el Partido Colorado en un escenario peor, incluso, que el de 2004, porque en aquel entonces podía responsabilizar a la crisis de sus penurias.

Evidentemente, hubo dos omisiones relativas en mi análisis previo a las elecciones que, hoy, deben ser seriamente reevaluadas para arrojar luz sobre el actual proceso político del país. Primero, la mejora económica de estos años. Es atribuida al Frente Amplio. Y sobre todo, la gente confía en que es con el FA en el poder que ella se mantendrá. Segundo, la extensión de la hegemonía cultural de la izquierda. Ella define el sentido común ciudadano; otorga y quita legitimidad moral a los actores políticos; da contenido al universo simbólico que delinea identidades, forja relatos históricos y establece lo bueno, lo bello y lo justo.

El habitus del que hablaba Bourdieu, es decir lo que él definía como la matriz estructurada de percepciones y de actitudes que todo individuo posee en virtud de su estatus y que lo orienta en el espacio social, con relación a sus opciones, sus gustos y sus actitudes, en este Uruguay nuestro, está impregnado de identidad de izquierda. No rechaza su sentido de superioridad moral. Lo asume y lo desgrana en distintos matices. No cree en la inclusión del adversario. Más bien desprecia su complexión moral.

Este es el nuevo país frenteamplista. Guste o disguste.

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