Francisco Faig
Francisco Faig

La envidia como horizonte

En campaña electoral se explican realidades, se exponen sueños, se narran caminos para emprender el futuro.

Y todo eso puede hacerse desde la grandeza de espíritu, la mirada esperanzadora y la mano que aferra con confianza, o puede plantearse desde la envidia y el resentimiento que desde siempre, se sabe, son dos sentimientos socialmente muy movilizadores.

La envidia entendida como el sentimiento de tristeza o enojo de una persona que no tiene o que desearía tener para sí algo que otra persona sí posee; y el resentimiento definido como ese sentimiento de enojo también, pero hacia alguien en particular por considerarlo el causante del daño sufrido, y que se traduce luego en palabras o en actos hostiles hacia quien es considerado el culpable de hacer sufrir una situación injusta o hiriente.

Hay mucho de envidia y resentimiento en el tan pueril como ideológico entendimiento de los problemas sociales a partir de la división oligarquía-pueblo, sobre todo aplicada al Uruguay.

También la envidia y el resentimiento han estado en la prédica de Mujica de todos estos años, cuando por ejemplo la emprendía contra los profesionales con título, contra los ricos estancieros, o en general contra todo aquello que sobresaliera un poco y que terminaba siendo así objeto de su burla soez y de su comentario hostil. Y finalmente, son esos dos sentimientos los que en el fondo explican la práctica tan extendida, dentro de la dirigencia frenteamplista, de mentir acerca de los títulos que se poseen.

La envidia funciona muy bien además en sociedades chicas, en donde la diferencia se hace notar fuertemente en las relaciones del cara a cara del barrio o del pueblo pequeño. Y el resentimiento funciona muy bien en tiempos en los que se verifican mejoras generales en capacidades de consumo que, sin embargo, no alcanzan a que todo el mundo quede satisfecho: siempre habrá alguien que tenga más, y siempre estará el resentido que atribuya ese éxito relativo del vecino, del amigo o del pariente, a motivos injustos que justificarán sentir odio o rencor.

A esas realidades hay que sumar dos dimensiones actuales terribles de nuestra sociedad. Primero, la ruptura del ascensor social que hace que para las clases medias y populares, que conocen al menos de oídas las posibilidades de mayor consumo de otras clases, el acceso a ese mayor bienestar material sea absolutamente imposible. Se extiende entonces la frustración a partir de la cual se azuza el resentimiento. Y segundo, para quienes efectivamente lograron en estos años ciertas mejoras materiales, está el miedo de caer y perder así el prestigio y las posiciones sociales alcanzadas, por mínimas que ellas puedan parecer.

Es evidente que los Murro, Muñoz, Mujica, Bergara, Martínez, Andrade, Moreira y demás importantes dirigentes frenteamplistas, apelan al resentimiento y a la envidia para movilizar a sus partidarios y ganar la elección. Algunos lo hacen naturalmente; otros, más maquiavélicos, saben bien qué fibras están tocando para alcanzar sus objetivos.

No es extraño que las generaciones jóvenes y más emprendedoras emigren de este país: porque una sociedad en la que se eterniza el horizonte de la envidia y el resentimiento como discurso político y movilizador social, termina envenenando el futuro.

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