Francisco Faig
Francisco Faig

No es solo la economía

Es fácil explicar la tercer mayoría absoluta consecutiva en Diputados del Frente Amplio apelando a la razón económica. Pero es insuficiente.
Primero, porque las proyecciones de gobierno en 2010 ya señalaban que estaríamos cerca de un PBI per capita rondando 17.000 dólares hacia 2015. Desde la oposición se conocía el itinerario posible. Si realmente se valora tanto a la economía, para intentar ganar: ¿cómo no haber previsto campañas distintas?

Es fácil explicar la tercer mayoría absoluta consecutiva en Diputados del Frente Amplio apelando a la razón económica. Pero es insuficiente.
Primero, porque las proyecciones de gobierno en 2010 ya señalaban que estaríamos cerca de un PBI per capita rondando 17.000 dólares hacia 2015. Desde la oposición se conocía el itinerario posible. Si realmente se valora tanto a la economía, para intentar ganar: ¿cómo no haber previsto campañas distintas?

Segundo, porque desde la pirámide de Maslow de 1943 es sabido que hay una jerarquía de necesidades humanas. A medida que las más básicas se satisfacen, aparecen otras más elevadas. Si gracias al crecimiento económico las clases medias están mejor, el debate podía pasar a girar en torno a la insatisfacción en seguridad y educación. Ya no se trata de la economía como explicación de lo pasado y de un voto de agradecimiento al Frente Amplio por la bonanza ya ocurrida. Sino que se trata de correr la barrera de lo deseable, y valorar qué partido es más capaz de satisfacer estas nuevas necesidades a las que hay que prestar mayor atención.

Tercero, porque cuando el hombre sale de su estado de naturaleza deja de lado su vida solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta, como escribía Hobbes. Pero como bien señaló Hegel, ese hombre en sociedad precisa satisfacer el deseo de reconocimiento mutuo que no pasa solamente por lo económico. La gente busca no solo la comodidad material, sino también el respeto y el reconocimiento que la dignifica. Importa entonces el universo simbólico que da legitimidad a la realidad socialmente construida. Es decir, importa entender que en este Uruguay de hoy, la estructura de significados que explican la sociedad y el mundo están impregnados de valores de izquierda.

En este contexto es que con una economía mejor y necesidades nuevas, los uruguayos, mayoritariamente, prefirieron votar al Frente Amplio. Porque cuando se trató de valorar quién podía conducir al país en la satisfacción de esas nuevas necesidades, el universo simbólico señaló con claridad a la izquierda —y la representación conjunta de los partidos tradicionales bajó—.

Si fuera solamente la economía la explicación del voto, ¿por qué no elegir una mayoría diferente ahora que hay que enfrentar dificultades distintas? Eso no ocurrió a pesar de que blancos y colorados hicieron hincapié en sus campañas en propuestas de educación y seguridad respectivamente. Y no ocurrió, porque la amplia y difusa hegemonía cultural condujo naturalmente a valorar antes que nada la opción frenteamplista en sus distintas corrientes. Aquí hay un relato histórico; una identidad extendida, con su épica y su dignidad bien narradas; una normalidad estética; y una definición moral que, todas, confluyen en un mismo actor y ni siquiera mira a los otros.

La explicación económica no solo es pobre. Es también cómoda. Porque deja inerme cualquier esfuerzo por alcanzar mayorías diferentes. Lleva a creer en pensamientos mágicos, como el que dice que cuando la crisis llegue, el sentido del voto popular cambiará. Y sobre todo, porque evita entender la gravedad del nuevo contexto político nacional: aquí se ha afirmado un partido hegemónico, como nunca antes en la Historia del país.

Para entender lo que está pasando, los partidos tradicionales tienen que abandonar su soporífera pereza intelectual. La economía, sola, no explica octubre.

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