Francisco Faig
Francisco Faig

¿Por qué es tan difícil?

Más allá de legítimas diferencias políticas, de distintos diagnósticos y de una evidente mejora en el nivel general de ingresos luego de 2003, lo cierto es que todo el mundo en el sistema político y entre los actores más politizados de la sociedad civil es consciente de que algunos problemas se han mantenido o agravado en esta década de bonanza.

Aquí una lista esencial pero no exhaustiva de esos problemas: penosa educación para las nuevas generaciones, sobre todo de las clases populares; mala calidad de mano de obra que impide mejoras de productividad y de salarios y mayor competencia internacional de productos con fuerte valor agregado; fragmentación geográfica y social que genera un país bifronte, el muy minoritario insertado en el mundo y con cierto nivel de vida, y el muy mayoritario acuciado por la supervivencia cotidiana y por una inseguridad que lejos de disminuir se mantiene extendida; y sobrepeso estatal, traducido en ineficiencias y malos negocios en empresas públicas, en clientelismo político que engorda planillas de funcionarios con salarios relativamente más altos que en el mundo privado, y en servicios públicos claves con problemas de calidad —justicia, educación, salud, seguridad, cárceles y control ambiental. ¿Por qué es tan difícil avanzar en políticas que resuelvan estos asuntos o que al menos presenten mejoras consistentes? Se dirá que el problema es político: vetos, transacciones y obstáculos propios de las negociaciones de una democracia, que impiden ir más rápido o siquiera enfrentar algunos de esos problemas. Sin embargo, hay al menos tres motivos que atañen más a la identidad de nuestro actual ser nacional y que nos enfrentan a nuestro espejo de desidias, miedos y miserias colectivas.

La primera razón es demográfica. Somos un país envejecido y como tal nos cuesta aceptar que el futuro puede ser mucho mejor si avanzamos rápido en grandes cambios. Además, con un pasado comparativamente esplendoroso como el del Uruguay de Maracaná, se hace difícil que esta sociedad conservadora siquiera preste atención a ideas que puedan estar alejadas de lo que ella en algún momento conoció y tuvieron éxito. La segunda es social. Esta década de bonanza devolvió cierto sentido de pertenencia a numerosas clases medias que habían sufrido fuertemente la depresión de 1999-2002. Con una memoria colectiva de medio siglo de dificultades económicas casi siempre presentes, es difícil aceptar embarcarse en reformas que puedan llegar a poner en duda lo hasta aquí conquistado en estabilidad cierta y bienestar relativo. Sobre todo para las pequeñas clases medias, que lograron algunas mejoras en un cotidiano aún lleno de dificultades, el temor a caerse es más fuerte que la ambición por estar mejor.

La tercera es cultural. Somos un país encerrado cuyo entendimiento internacional pasa por algunas noticias argentinas o pequeñas anécdotas exóticas de lo que suceda en Pakistán, Estados Unidos o España. Incluso muchos de los más educados creen que el mundo es hostil y que Uruguay, comparativamente, es un sitio amable para vivir. No perciben el fenomenal avance social y económico actual de la humanidad. Envejecidos, temerosos y provincianos, nos suponemos protegidos por el muro de yerba.

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