Francisco Faig
Francisco Faig

¿Una década perdida?

Mujica puede declarar que las empleadas peruanas son dóciles o insinuar que las señoras de los dirigentes opositores son de compromiso ligero, y nadie dirá que es un clasista o un machista.

Mujica puede declarar que las empleadas peruanas son dóciles o insinuar que las señoras de los dirigentes opositores son de compromiso ligero, y nadie dirá que es un clasista o un machista.

Arismendi puede comparar niños con hambre con niños gorditos y nadie dirá que es una neoliberal insensible. Hay decenas de ejemplos más y todos van en el mismo sentido: vivimos en un país en el que los disparates más increíbles son admitidos sin inconveniente siempre que sean dichos por referentes de la izquierda, y son criticados con ferocidad si vienen del campo de los partidos tradicionales.

En ese contexto, los referentes opositores tienen que tener especial cuidado con lo que afirman. Porque, hegemonía cultural mediante, siempre están bajo sospecha de defender intereses de la oligarquía o de encarnar repudiables posiciones políticas antipopulares. Se podrá creer que todo esto es muy injusto. Pero es la realidad del país y quien quiera hacer política y vencer a este FA mayoritario tiene que aceptarla para, desde allí, avanzar poco a poco en ganar en legitimidad y apoyo popular.

Cuando se hace un balance de estos años de gobierno de izquierda es imposible admitir que hubo una “década perdida”. Una síntesis así suena falsa, exagerada, extraña. Naturalmente, varios índices sociales y económicos vendrán a contradecirla. Pero sobre todo, alcanza con que la inmensa mayoría del común de los uruguayos mire hacia atrás para darse cuenta de que, en realidad, su situación familiar y personal está mejor que en 2005. Así las cosas, pretender extender este diagnóstico para los años pasados no solamente chocará contra un aparato cultural bien extendido que lo contradirá con muchos argumentos, sino que, sobre todo, chocará contra la experiencia personal e inmediata del uruguayo medio.

Es cierto, empero, que a poco que se analice en detalle la perspectiva de los resultados en educación, en especial para las clases populares, es claro que esta década dejó un fracaso general cuyas consecuencias terribles serán muy visibles en un futuro cercano, con desempleo para los menos formados y ascensor social roto. Es cierto también que la inseguridad que ganó el cotidiano de la vida urbana ha empeorado en estos años y que no está cerca de revertirse. Y es cierto finalmente, que el atraso en inversiones en infraestructura hipoteca el camino de crecimiento sostenido de la economía nacional.

Pero, con todo, ninguna de estas tres importantes dimensiones de la vida nacional son vistas hoy como argumentos suficientes para convencer a nadie de que se vivió una “década perdida” con el Frente Amplio en el poder. Es más: todas ellas son vistas con relativa preocupación por los más informados sí, pero con la esperanza, reafirmada en los resultados de las elecciones de 2014, de que pueden encaminarse siempre que haya una buena gestión de la izquierda en este período de gobierno.

Los dos partidos de oposición viven escenarios internos muy diferentes. Pero en los dos casos, tienen un principal problema común que consiste en la tentación de quedar encerrados en una visión apocalíptica de la evolución del país que los lleva, con matices, a cortarse de la realidad de las mayorías populares, y a sostener discursos que se hacen inaudibles por inverosímiles. Creer que esta década pasada fue “perdida” es uno de ellos.

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