Francisco Faig
Francisco Faig

Debates tontos

Desde hace muchos años ya todos los estudios serios que tratan sobre la educación alertan sobre sus diversos problemas. Algunos de ellos son de una gravedad tal que incluso ponen seriamente en duda la capacidad de las nuevas generaciones para sostener el desarrollo económico y productivo que el país requiere para su futuro bienestar.

¿Por qué si la situación es tan grave, ciudadanos, autoridades de la educación, líderes políticos y líderes de opinión en general prefieren enfrascarse en debates sobre temas comparativamente menores como el color de una túnica, los criterios para definir abanderados o la posibilidad de extender entre los educandos del país una neolengua que se pretende inclusiva? Hay al menos dos razones que explican este fenómeno y que, además, ayudan a describir nuestro actual estado del alma.

La primera explicación es que el color de la túnica o el criterio de los abanderados son fáciles de entender y no exigen demasiada reflexión para tomar posición, por lo que pueden transformarse rápidamente en debates en los que prácticamente todo el mundo puede tener algo sencillo que decir. Cualquier intercambio más a fondo sobre la educación precisa, al menos, tener una idea de presupuestos, cantidad de estudiantes y proporciones de egresados, calidad de contenidos educativos, resultados por regiones y clases sociales, evaluaciones pertinentes comparativas y hasta un ideal de qué objetivos se persiguen en función de los distintos tramos de edad.

Para intercambiar sobre todo eso y por tanto hacer más hondo y rico el debate sobre la educación, se precisa cierto nivel de abstracción en el razonamiento, analizar, dudar y leer estudios diversos. Así las cosas, para evitar frustrarnos cuando por ejemplo la atención se centra en los colores de las túnicas, debiéramos de una buena vez por todas asumir que la calidad de nuestro debate ciudadano es muy baja, entre otras cosas porque nuestro nivel educativo colectivo es también muy bajo: casi el 40% del total de los mayores de 25 años del país alcanzó, como máximo, solo primaria completa.

La segunda razón es que conversar sobre la neolengua, la túnica o la bandera evita tener que prestar atención a los asuntos realmente complicados de la educación. En particular, evita responsabilizar a los actores que no logran mejorar la calidad educativa sobre todo en los jóvenes de las clases populares. Para las autoridades de Primaria es más fácil hablar de los abanderados que hacerse responsable por los niños de sexto año que salen sin lo básico: entender bien la lectura de un texto, redactar con fluidez y contar, hacer reglas de tres y entender qué significa un porcentaje, por ejemplo.

Para tratar los problemas educativos de verdad, se precisa mostrar datos inapelables, señalar incompetencias atroces y transparentar, entre otras realidades, la añosa vileza de tantas sindicalistas redondas a la Bruschera y de tantos corporativistas despreciables a lo Olivera, o la infame mediocridad de tanto roedor burócrata a lo Netto, cuyas barbas el oficialismo estima lo asemejan a un destacado Varela actual.

Los debates tontos no ocurren por casualidad. Son parte de la insoportable levedad de nuestra desidiosa, deprimida, autocomplaciente y embrutecida alma nacional.

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