Francisco Faig
Francisco Faig

Cuidado de orfebres

La coalición de gobierno está hecha de partidos con pesos dispares.

Independiente y de la Gente, con un diputado cada uno, por un lado; Colorado (PC, 4 senadores y 13 diputados) y Cabildo Abierto (CA, 3 senadores y 11 diputados), por otro; y los blancos, mayoritarios (11 senadores y 30 diputados).

En ese esquema, los socios claves para la gobernabilidad son el PC y CA, porque se precisa de ambos para asegurarse mayorías absolutas (50 diputados y 16 senadores). En CA, el papel de Manini Ríos es claro: la gente votó por él, y es reconocido como único líder de su partido. Dentro del PC el panorama está dividido: el sector de Talvi está formado por 8 diputados y 2 senadores, y el de Sanguinetti, por 4 y 2 respectivamente.

La estructuración del sistema de partidos quedó organizada en 2019 de forma tal que no hay margen político para salirse de la actual polarización, hecha de una coalición de gobierno por un lado, y de una coalición de izquierdas por el otro. Llegó para quedarse: se amolda bien a las reglas electorales, con la clave del balotaje presidencial; y asegura a todo el sistema la gobernabilidad por un lado, y la posibilidad de la alternancia en el poder por el otro.

Quien apueste a una aventura personalista que reniegue de este escenario, terminará sin dudas políticamente muerto. Todos aquellos que ya jugaron ese partido perdieron, como por ejemplo Mieres entre 2016 y el primer semestre de 2019, o como el exdiputado Amado entre 2017 y la primavera de 2019. Suponer que por alguna peculiaridad extraordinaria alguno de los liderazgos actuales de una de estas dos coaliciones es capaz de modificar este escenario de polarización, es tan soberbio como infantil. Es más: todos los políticos que entienden del oficio de verdad saben que hay que jugar con estas cartas. No hay otro mazo.

Así las cosas, las dos variables fundamentales que condicionan los roles del PC y de CA son la aritmética parlamentaria que resultó de octubre pasado, y los límites propios de la actual configuración del sistema político. Si el PC y CA quieren crecer, deberán entonces apostar lealmente a que al gobierno le vaya muy bien, ya que el resultado de este quinquenio será visto como colectivo, es decir, compartido por todos los partidos de la coalición al mando.

Pero también ambos enfrentan desafíos partidarios muy distintos. En el PC, son demasiadas ya las iniciativas de Talvi que desde julio pasado se leen con dificultad, y sus últimos pasos abrieron incógnitas que resultan insó- litas para el experto manual del manejo del poder propio del PC. También, el sector Batllistas precisa emprender una renovación que logre proyectar a un sanguinettismo que, sin dudas, fue clave para tejer el triunfo de toda la coalición en 2019.

En CA, Manini Ríos debe satisfacer las altas expectativas propias de un liderazgo fuerte, lo que de por sí siempre es difícil. Pero además, para crecer desde su hoy tercer senado más votado del país, necesita prestamente fortalecer su estructura de dirigentes partidarios, de forma de ampliar el sesgado y muy limitado perfil político del omnipresente cabildante-militar-jubilado.

En la lealtad a la coalición y en la superación de estos desafíos se juegan los futuros electorales de ambos partidos. Precisarán cuidado de orfebres.

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