Francisco Faig
Francisco Faig

La cuestión social

Se acercan las elecciones y la izquierda agita fantasmas. El más conocido es el de la cuestión social, y dice que con un gobierno de blancos y colorados el país retrocederá en comparación con lo ocurrido en la era frenteamplista.

Hay tres datos relevantes que muestran mejoras durante los 14 años frenteamplistas: la baja de la pobreza, con relación a la pésima situación de 2002; la mayor cantidad de personas con trabajo, también con respecto al punto bajo de la grave crisis de 2002; y la suba de largo plazo del salario real. Más allá de que en cada una de estas dimensiones las estadísticas muestran que también hubo mejoras en los años 90 con relación al punto bajo posterior a la crisis de 1982, la verdad es que si se hace un análisis más amplio de la cuestión social, los resultados son muy preocupantes.

Primero, porque a pesar de 14 años de crecimiento económico se consolidó una gran fractura social. Por deficiencias educativas gravísimas, reiteradamente diagnosticadas pero nunca enfrentadas con resolución, hoy no existen posibilidades reales y estructurales de ascenso social para la inmensa mayoría de los jóvenes de las clases medias y populares. Incluso más: la perspectiva es que la falta de mano de obra capaz de generar valor agregado será tan grande que afectará seriamente el nivel futuro de riquezas del país. Sobre todo cuando, además, los jóvenes más formados siguen emigrando al exterior como lo hicieran en los años 80 o 90.

Segundo, porque la anomia social, sobre todo en el mundo popular, es terrible. No solamente por las cifras actuales de delincuencia y de violencia, nunca vistas en los últimos 50 años, sino porque la era frenteamplista permitió que se afianzaran regiones de no-Estado en las que no existen las garantías propias del estado de derecho. En algunas zonas la policía interviene, por ejemplo; empero, violentamente atacada, se repliega sin lograr imponer la ley.

Otros casos conocidos: familias echadas de sus casas por bandas narcos, sin protección alguna; y policías que al desarmar el cercado territorial de varias manzanas fijado por narcos, generan quejas de vecinos que piden que se reinstaure, para así evitar quedar a merced de la ferocidad de otros delincuentes. La actual cuestión social plantea de esta forma un problema anterior a las dificultades propias de la supervivencia material: lo que está en juego es la vida misma.

Tercero, porque la era frenteamplista instaló la desconfianza social como verbo cotidiano. Hoy, es el ellos contra nosotros; son rutina los linchamientos a delincuentes (reales o presuntos); y algunas barbaridades, como que un preso mate y se coma a otro, que una jauría de perros mate a un enfermo siquiátrico en dependencias estatales, o que jóvenes asesinados-desaparecidos hayan terminado en realidad descuartizados para transformarse en alimentos para cerdos, son noticias que ya no asombran.

Que el Frente Amplio pretenda limitar la cuestión social a la mejora del salario o a la baja de la pobreza, muestra hasta qué punto está enceguecido por un relato-Disney alejado de la realidad. Fractura, anomia y desconfianza: ese es el legado de la era frenteamplista. Esa es la verdadera y gravísima cuestión social que, de ganar, blancos y colorados deberán enfrentar.

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