Francisco Faig
Francisco Faig

Cordón a la uruguaya

La metáfora del cordón sanitario en política ilustra la separación clara entre los actores que gobiernan y los que ejercen la oposición. Sin grandes acuerdos nacionales. Sin consensos grandilocuentes que, en realidad, son innecesarios.

Las elecciones definen mayoría y minoría por cinco años. Aquí hay un rumbo marcado; autoridades legítimas respaldadas por partidos con mayorías obtenidas en varias instancias electorales; y resultados de gobierno que se van evaluando a medida que avanza el tiempo de la administración. Si la mayoría funciona bien, en coalición multipartidaria como es nuestro caso, no hay motivos de dificultades de gobernabilidad que inciten a buscar un gran acuerdo nacional con representantes de la oposición.

La izquierda invoca periódicamente ese gran acuerdo porque quiere entrar por la ventana al gobierno del país, cuando en realidad fue legítimamente expulsada de él en octubre-noviembre de 2019. Sería traicionar la voluntad popular ceder a esa presión izquierdista; y sería un profundo error político procurar una especie de punto medio en políticas públicas, ni enteramente frenteamplistas ni completamente coalicionistas, que plasmaran ese bloqueo acuerdista.

Las experiencias de los cordones sanitarios aplicados a los comunistas en Francia e Italia en la segunda mitad del siglo XX implicaban una exclusión política total. Nuestro cordón es diferente, porque nuestro ADN político lo es. Aquí, el Frente Amplio (FA) no está del todo excluido del Estado, ya que se sumaron jerarcas que lo representan en lugares claves, tal como exige la Constitución. Aquí, el Parlamento integrado por representación proporcional y sede legítima del debate político, permite votaciones casi unánimes -como el caso de la mitad de los artículos que forman la ley de urgente consideración, por ejemplo- que traducen consensos sociales amplios.

Aquí, en definitiva, el cordón sanitario es una metáfora que busca hacer entender que la máquina de impedir frenteamplista se acabó. ¿El FA no quiere participar del rumbo que definió la mayoría popular y que se traduce en el reformismo oficialista? Perfecto. Pero eso no implicará, como en los años 90, que tranque el desarrollo nacional, sino que se traducirá por una autoexclusión en la que, es cierto, se reflejará una amplia porción del electorado.

No se trata de negar que el FA representa al 39% del país; sí se trata de hacer entender que el 61% restante tiene derecho a marcar su rumbo reformista y ejercer su mayoría. Y todo ha de hacerse, además, sin aspavientos.

Los delirantes zurdos, analistas y dirigentes del FA, que respiran como si estuvieran todos los días en vísperas de la marcha fascista sobre Roma, se beneficiarían mucho de hacer Yoga. Aquí, el presidente puede reunirse sin dramas con los tres intendentes frenteamplistas; aquí, nuestro talante comarcal todavía impide que la crispación marxista- peronista que cunde en la región se transforme en el signo distintivo mayor de nuestra política nacional.

El cordón sanitario, con estas características, se mantendrá. La mala fe izquierdista podrá extenderse y agitarse cuanto quiera, que no podrá impedir que la mayoría avance con paso sereno pero firme en el camino de las reformas necesarias para el país. Esto recién empieza.

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