Francisco Faig
Francisco Faig

Colador progre

Cuando el auge de la ola progresista, hubo gobernantes frenteamplistas que proclamaron un nuevo papel para Uruguay en la región. Lo que ellos creían era que el país financiero, guarida de dineros presuntamente mal habidos, debía quedar en el pasado.

A futuro, como digno protagonista de una nueva época, debíamos ser transparentes y cooperar en todo con las autoridades de los países vecinos.

Con distintas razones concretas pero siempre guiados por ese gran norte estratégico, los gobiernos frenteamplistas fueron progresivamente poniendo mayores trabas al libre manejo del dinero. Se sabe, cualquiera que opere más de 10.000 dólares pasa a ser de hecho un sospechoso que debe justificar su capital y sus intenciones; la inclusión financiera obligatoria facilita preciada información personal a bancos (y, podría ocurrir, a dependencias del Estado); y la colaboración cada vez más estrecha entre el fisco argentino y el uruguayo puso en tela de juicio la pertinencia de nuestra plaza financiera como destino seguro para ahorristas de allende el Plata.

Todo ocurrió con gran satisfacción de la progresía regional gobernante. Del lado argentino utilizaron incluso antipáticas herramientas para agredir a esa plaza uruguaya que tanto dolor de cabeza genera en la Casa Rosada desde, al menos, el primer peronismo. No faltaron, por ejemplo, gestiones en el G-20 para que Montevideo integrara una lista negra de paraísos fiscales de la OCDE. Del lado uruguayo, exagerados ademanes, que en parte se explican por el fanatismo propio del converso reciente que aspira a ser unánimemente reconocido en su nueva fe, terminaron cediendo dimensiones soberanas claves en favor de los intereses recaudadores (y de chantajes de política interna) del poder porteño.

Se alegó, con petisa satisfacción, que tanta indignidad oriental era necesaria para alejar cualquier sospecha internacional de que aquí se recibiera y protegiera dinero sucio. Increíblemente, se pretendió incluso que tal talante debía formar parte del nuevo orgullo nacional. El Frente Amplio repitió, feliz, el discursillo propio de las creídas y torpes élites gobernantes de los países periféricos: el malinche zurdo actuó como si el paraíso Delaware no fuera estadounidense; como si Jersey no dependiera de la corona británica; como si Liechtenstein se dedicara al turismo esotérico alemán; o como si Hong Kong no participara de la opacidad financiera china.

Pero lo mejor llegó cuando se terminó de confirmar que allegados al kirchnerismo viajaron decenas de veces en estos años a Uruguay con millones en efectivo. Las explicaciones de Interior y Defensa dejaron claro que, al menos en Colonia, nuestra frontera podía operar como un tranquilo tránsito para esconder dineros corruptos. La conclusión se hizo así evidente: el gobernante Frente Amplio por un lado, orondo, colaboró con la persecución fiscal de ahorristas internacionales por parte del kirchnerismo; y por otro lado, servil, le facilitó el ocultamiento de sus millones de dólares sucios.

En toda nuestra historia hay pocos ejemplos de gobiernos tan alineados como el del Frente Amplio a los intereses del mandamás de turno en Buenos Aires. El verso de la patria grande sirvió para que ocupáramos un zurdo lugar de refugio mafioso. Un colador progre.

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