Francisco Faig
Francisco Faig

Chile en el espejo

Los removedores episodios de la primavera chilena dejan algunas lecciones para el escenario político y social que se nos abrirá el año próximo.

Agobia la indigencia conceptual de los tan numerosos como esparcidos análisis izquierdistas que han intentado dar cuenta de lo ocurrido. Como siempre, apuntan al aumento de las desigualdades y a las consecuencias sociales nefastas de un pretendido exceso de egoísmo individualista. Culpan de semejantes males al neoliberalismo que, en las perspecti- vas interpretativas más audaces, también es causa del empobrecimiento popular y, por qué no, de un tan actual como inasible autoritarismo corrupto cuyo origen es la malhadada dictadura de Pinochet.

Todo sanata zurda. Hoy Chile es menos desigual que hace 20 o 50 años. El individualismo que promueve la autonomía moral de la persona y la privilegia frente a los intereses del grupo, la comunidad o las organizaciones corporativas tradicionales, que tanto peso tuvieron siempre en Sudamérica, es de las mejores cosas que trajo consigo la modernidad a Chile. Es además el sustrato ideológico que le ha permitido vivir los mejores 30 años de toda su historia (1989- 2019). Lejos de empobrecerse, todos los chilenos han experimentado un enriquecimiento económico, cultural y social formidable, con una apertura al mundo que los ha sacado de su tibieza insular y provinciana del siglo XX, y que los ha llevado a constituirse en una destacada potencia regional, democrática y ejemplar.

Así las cosas, de lo mucho que ha ocurrido en este largo mes en Chile quiero destacar tres dimensiones claves. La primera se centra en las expectativas frustradas de las clases medias. No solamente en materia económica, que precisa del motor del crecimiento fuerte y continuo para satisfacer unas exigencias de calidad de vida y de consumo cada vez mayores. Sino en lo que refiere a la dignidad democrática, que demanda austeridad republicana en el gobierno; a la sensibilidad social en favor de quienes aún no se han beneficiado cabalmente del crecimiento y de la modernidad; y al sentido de igualdad ciudadana, para preservar y dar hondura a la legitimidad de la representación política que funda nuestras democracias.

La segunda hace hincapié en la gobernabilidad. Un presidente precisa de mayorías parlamentarias para poder cumplir con sus promesas. Es un asunto de responsabilidad política, pero también es clave para legitimar a un sistema democrático que, si bien debe escuchar a los grupos sociales, empresariales y sindicales, no puede empero quedar rehén de intereses parciales. Se precisa gobernabilidad para marcar el rumbo con autonomía, y discurso político para articular cierta pedagogía cívica que abra y muestre horizontes de certezas y realizaciones posibles.

La tercera alerta sobre la fuerte tentación desestabilizadora de la izquierda, que pasa por utilizar la movilización popular para impedir la acción de un gobierno apoyado en las urnas, y por desgastar al presidente con una feroz demagogia que se sirve inescrupulosamente, y atiza, las expectativas frustradas de las clases medias en desasosiego por causa de los grandes cambios que siempre trae consigo la modernidad.

Ojo con el espejo chileno. En tiempos globales, corremos el riesgo de sufrir procesos sociales similares.

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