Francisco Faig
Francisco Faig

Cauta alegría

Quienes creemos que el mejor escenario político del país para los próximos cinco años pasa por una alternancia de partidos en el poder, tenemos razones para mirar con cauta alegría los resultados del pasado domingo.

Cauta, porque hay que ser consciente de que las características del electorado de junio no son las mismas del que votará en octubre. Los antecedentes son que el Frente Amplio (FA) recibe votaciones en general menores que las del Partido Nacional en internas, pero luego opera un formidable despegue para las nacionales. Así, se ha situado desde 2004 en el eje del 50% de votos en cada octubre.

Cauta, porque el camino que afiance esa alternancia está lleno de escollos. No alcanza con la madurez de un candidato blanco ampliamente plebiscitado por las urnas, sino que ahora se precisa diálogo, capacidad de negociación, entendimiento y aceptación de perfiles diferentes trabajando de consuno. Son todas virtudes políticas clásicas, pero es necesario que todos los involucrados las conjuguen.

También alegría. Primero, porque el Partido Colorado (PC) procesó una renovación contundente, que corrigió a quienes creíamos, equivocados, que Sanguinetti ganaría la interna. Es una renovación muy distinta a la anterior liderada por Bordaberry: ya es explícito el acuerdo Talvi- Lacalle Pou, en un escenario de cooperación y competencia que en nada se parece al posjunio de 2014 entre blancos y colorados. Talvi además, con su talante socialdemócrata liberal, cuenta con espacio para seducir a un electorado de centro cuyas otras opciones para octubre pudieren ser los disminuidos Mieres o el astorismo.

Segundo, porque el PN mostró enorme vitalidad en las urnas, con capacidad fulgurante de cerrar su fórmula presidencial y lejos de cualquier perspectiva de anarquía interna. Ayudó la formidable y amplia mayoría que obtuvo Lacalle Pou. Pero sin inteligencia política, eso no alcanza. Y el candidato y todo el PN demostraron tenerla.

La alternancia reposa en que la gente perciba con claridad que se puede confiar en los partidos desafiantes para conducir los asuntos de gobierno. Se precisa por tanto profesionalismo: el PN y el PC lo mostraron. Y además, manejar con prudencia los amplios respaldos electorales recibidos, sabiendo que por delante queda un trecho bien difícil: también eso quedó claro.

Finalmente, los infelices episodios de campaña electoral negativa que intentaron dañar a Lacalle Pou terminaron teniendo consecuencias positivas no buscadas. En efecto, tantos ataques personales, masivos y arteros, que alguien hubiera podido suponer que llegarían luego, es decir más para la campaña de octubre, no mellaron el enorme apoyo electoral del ahora candidato blanco que, en definitiva, recibió tantos votos personales como casi todo el FA en conjunto.

En el mismo sentido, esos ataques terminaron dejando la sensación de que su liderazgo es tan fuerte que las andanadas de calumnias no logran afectarlo. Sobre todo, esa campaña sucia permitió mostrar la templanza, paciencia y prudencia de Lacalle Pou: todas virtudes muy necesarias para el ejercicio de una buena presidencia. La alternancia no está asegurada. Pero hay más esperanzas de lograrla luego del domingo. Hay una cauta alegría.

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