Francisco Faig
Francisco Faig

Causa nacional

La anécdota ocurre fuera del Antel Arena: allí, en una esquina, hay un puesto militante para firmar en favor del referéndum contra 135 artículos de la ley de urgencia. Decenas de miles de uruguayos hacen cola para vacunarse. Pero casi nadie se arrima a firmar.

La escena es muy uruguaya. Todo el mundo respeta la música militante y las consignas del parlante del puestito; cualquiera puede acercarse si así lo desea; pero nadie firma porque, en realidad, nadie quiere hacerlo. Es difícil encontrar un lugar más estratégico que ese, en plena epidemia, para facilitar las firmas; y resulta muy difícil expresar en una metáfora más clara, el momento político que vive el país.

La circunstancia más compleja de la epidemia coincide con una chance cierta de acción colectiva que permite avanzar hacia una salida avizorada para dentro de pocas semanas: se trata de conservar los cuidados personales, respetar las burbujas de cada uno, y adherir a la vacunación masiva. Los uruguayos entendieron eso y, sin aspavientos y decididos, están protagonizando una causa nacional de envergadura excepcional.

El resultado es un ritmo de vacunación situado entre los primeros del mundo, que redundará en una rápida inmunidad colectiva que, de nuevo, dejará al país en un lugar destacado del concierto internacional.

Todo grito que desentone se respeta. Pero se margina. Las acciones y declaraciones del Frente Amplio (FA), y de los gremios, colectivos y sindicatos que les son afines, terminan pues siendo miradas con escepticismo. ¿Qué credibilidad pueden tener las propuestas de un FA que hace un año que viene pidiendo confinamiento obligatorio, o que hace unas semanas alababa la estrategia de vacunas de Argentina?

¿Qué seriedad puede atribuirse a una corriente gremial médica de izquierda que siempre ha creído que sus propuestas radicales eran mejores que lo que planteara el gobierno, y que ahora intenta extender una estrategia comunicacional fundada en una mentira para generar miedo?

La causa nacional que vivimos muestra que el uruguayo no es un pueblo tonto incapaz de entender razones. ¿En cuántos países del mundo aparece un Radi explicando claramente, con argumentos racionales y evidencia probada, la situación que sufrimos y el vínculo entre ciencia y política? ¿En cuántos otros el gobierno explica que toda medida sanitaria por causa de la epidemia conlleva enormes sacrificios económicos, sociales (y hasta sanitarios), sobre todo entre la población que menos recursos tiene para poder enfrentarlos?

El problema de la izquierda gremial, jugada hace meses a sembrar miedo y discordia, o el del FA, incapaz de adherir serenamente al camino de sentido común emprendido por el gobierno y aceptado por el país, es que no sintonizan con el estado del alma actual del Uruguay. La gente sabe que somos los que mejor estamos saliendo de este problema, en comparación con la región y con el mundo; sabe también que se precisa bajar los decibeles de la disputa coyuntural, porque ahora es tiempo de apretar los dientes y, como dijo Radi, “blindar abril”; y tiene claro, en definitiva, que todo lo demás es charamusca.

Acostumbrados al respeto del pluralismo, quienes hacen la cola en el Antel Arena aceptan sin dramas el puestito de la esquina. Pero nadie firma.

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