Francisco Faig
Francisco Faig

¿Cambiaremos en 2019?

No es novedad que el año que se abre es políticamente clave: o las elecciones confirman dos décadas de gobiernos frenteamplistas, o gana una coalición amplia de partidos que incluirá sobre todo a blancos y colorados.

En estos años de frenteamplismo en el poder ha quedado claro que luego de acomodar en el Estado a la amplia clientela izquierdista, y luego de satisfacer las demandas sectoriales afines al oficialismo que gritaron más fuerte, no hubo casi ningún impulso estructural que viera más lejos, que condujera con esperanza, que avanzara de verdad en un camino de prosperidad nacional.

El país quedó enredado en una reforma educativa que no existió; en una apertura al mundo ideológicamente trabada por parte de la izquierda; y en una progresiva pérdida de competitividad que quitó trascendencia a cualquier gran empuje empresarial. La gente, calladamente, ha optado nuevamente por emigrar, o se empieza a conformar de nuevo con el empate de exigir no perder poder de compra. Se agotó la ilusión de un país de primera en el que, notoriamente, ya casi nadie cree.

Además, la instalada lógica de facción según la cual si es un corrupto pero pertenece a mi bloque político igual lo defiendo, no solamente fractura políticamente al país. Sumada a la extendida convicción de superioridad moral, sobre todo verificada en la izquierda, termina impidiendo cualquier acuerdo que sustente políticas consensuadas de largo aliento entre los dos bloques. Y el problema de fondo es que esa realidad partidaria- facciosa no va a cambiar porque gane tal o cual, sino que es el escenario agonístico que seguirá marcando el sentido político del país por lustros.

Así las cosas, hay algunos temas estructurales sustanciales que no pueden esperar un improbable amplio consenso luego de 2019.

Alguno quizá piense en un Frente Amplio triunfante y más pactista, porque sin mayoría absoluta en el Parlamento. Pero en realidad, es pura quimera: la izquierda siempre tendrá el freno de su constanzamoreirismo ideológicamente bien extendido entre las nuevas generaciones, para impulsar cualquier cambio amplio, moderno, democrático y consensuado con los partidos fundacionales.

En este esquema, el sentido de la urgencia y la mayor ejecutividad solo pueden encarnarse en un gobierno de alternancia. Si se quiere reformar a fondo, porque eso es lo que el país realmente precisa para salir de su letargo, entonces la izquierda acomodaticia se quejará con vigor. Y seguramente, su activa nueva generación gustará reflejarse en el espejo del actual kirchnerismo para ejercer su dura oposición.

Si efectivamente la nueva coalición quiere traducir su programa ganador en rápidas decisiones concretas, deberá primero confrontar con el activismo de la fuerza político- sindical paralizante de la izquierda, y luego sostener decisiones que habrán contado con el fuerte apoyo legitimante de las urnas.

Toda esta descripción no es extraña para cualquiera que imagine el escenario de un futuro triunfo de los actuales partidos desafiantes. El asunto es si el pueblo, que en esta hipótesis habrá sido el que votó mayoritariamente por el cambio, estará dispuesto a apoyar luego el necesario nuevo rumbo, a pesar del previsible, sonoro y demagógico griterío izquierdista. ¿Cambiaremos en 2019?

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