Francisco Faig
Francisco Faig

Bartol y Bauzá

En 2014 conocí a Pablo Bartol. Deferente, una mañana lluviosa de invierno pasó por casa y me llevó a conocer Los Pinos: su entorno, sus instalaciones, su trabajo, su personal y sus apoyos. Me contó de los éxitos y también de los fracasos que lo fueron fortaleciendo a lo largo de los años

Hubo solo dos momentos en los que su religión se hizo presente. Cuando almorzamos, con una breve y discreta oración previa de su parte, que en nada me obligó; y al entrar a una capillita que se encuentra en Los Pinos, cuando hizo allí su respetuosa señal de la cruz. Respondió siempre a todas mis preguntas sin ninguna aprensión, de las más generales sobre el funcionamiento o los sustentos del centro, hasta las más concretas, sobre cómo incidía el compromiso religioso en Los Pinos. Salí de allí ratificado en mi idea previa, algo teórica, de que si hubiera una veintena de lugares así desperdigados en todos los barrios que los precisan, seríamos sin duda un país muchísimo mejor.

No conozco a Sebastián Bauzá. Supe siempre de sus orígenes familiares blancos y quedé impresionado, como cualquiera que sigue la actualidad con cierta atención, por la forma en la que el gobierno de Mujica operó para sacarlo de la AUF. Pero lo más llamativo vino después, cuando Bauzá tuvo que soportar una campaña gigantesca de calumnias y agravios con el objetivo de desprestigiarlo. El resultado fue que no solamente todo el país tiene la total certeza hoy de que es un hombre decente, sino que, en lo internacional, todo el continente futbolero pasó a saber fehacientemente que, dentro del archipiélago de corrupción de las federaciones de fútbol de la Conmebol, la única isla de honestidad más absoluta y comprobada fue la de Bauzá, aquel discreto presidente del fútbol uruguayo.

Siempre que llega un tiempo de posible cambio de rumbo surgen voces conservadoras que argumentan que más vale mantener al malo conocido, que probar con el bueno por conocer. En nuestra coyuntura electoral de octubre- noviembre la alternativa será la siguiente: o gana nuevamente el Frente Amplio, o gobierna a partir de 2020 una coalición de blancos, colorados y partidos menores. Y sabido es que en la desesperación por la posibilidad de perder el poder, el talante pro- frenteamplista, que defiende mantener al malo conocido, sumará campañas de calumnias que atacarán a muchos dirigentes y partidos desafiantes, para intentar evitar así que puedan ser vistos como posibles buenos gobernantes.

Sin embargo, más allá de la simpatía o resistencia que en el electorado menos politizado generen tales o cuales figuras y partidos hoy opositores, la realidad de las próximas elecciones es que personas como Bartol y Bauzá decidieron aceptar compromisos políticos concretos afincados del lado de la alternancia en el poder. Cada uno en su ámbito seguramente se dio cuenta de que la circunstancia del país es de una gravedad tal que precisa de cirugías mayores y urgentes: Bartol, para conducir políticas sociales eficientes; Bauzá, para cambiar de verdad la cara del deporte y en particular del lamentable fútbol uruguayo.

Bartol y Bauzá no son buenos por conocer, sino que con su experiencia previa ya han marcado el signo y la profundidad del cambio posible. Ahora lo intentarán desde la política. Y está muy bien.

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