Francisco Faig
Francisco Faig

Bambi en campaña

Cualquiera que esté preocupado por la suerte del país y calibre claramente la importancia histórica de la circunstancia electoral que se avecina, seguramente haya quedado turbado por dos recientes iniciativas políticas: el acuerdo interpartidario para evitar las noticias falsas, y la voluntad de encontrar un amplio consenso para implementar las iniciativas de Eduy21 en educación.

El acuerdo para evitar las “fake news” puede ser entendido como una estrategia prooficialista que procura bajar los decibeles opositores. En un país en el que razonablemente y con cierta exigencia de calidad mínima se deben poner en tela de juicio, por ejemplo, los criterios de medición (e incluso algunos resultados) de datos tan importantes como: el PBI, la inflación y por tanto la evolución del salario real, los índices de pobreza monetaria y de indigencia, la cantidad de homicidios, rapiñas y hurtos efectivamente ocurridos (sobre todo antes de 2017), algunos de los cálculos actuales del saldo migratorio internacional, o la cantidad de uruguayos que efectivamente sufren necesidades básicas insatisfechas según el censo de 2011, ¿por qué legitimar esta censura política-moral que servirá evidentemente al oficialismo para acusar de “fake news” a todas estas críticas?

Hace quince años que el país está gobernado por mayorías absolutas de izquierda. Es por tanto responsabilidad de todo el Frente Amplio el fracaso educativo actual: un país fracturado en el que los hijos de las clases populares mayoritariamente salen de la educación pública sin herramientas para forjarse un futuro mejor, y con resultados de tan mala calidad para todas las nuevas generaciones que se está hipotecando seriamente el futuro productivo del país. Así las cosas, este tiempo electoral es el que permite a todos los actores marcar sus diferencias, definir responsabilidades y señalar caminos distintos de solución, de forma de que la gente elija sabiendo claramente qué opción tomar.

No es hora por tanto de amplios consensos basados en las propuestas de Eduy21. Ellos solo sirven para entreverar en un mismo proyecto a partidos desafiantes con oficialismo. No hay que legitimar la idea de que existe una izquierda moderada que estaría de acuerdo con las reformas de Eduy21, y otra izquierda más radical que podría convencerse de sus bondades (o al menos no impedir sus implementaciones) si ve que el resto del sistema político adhiere a ellas.

Nada de eso es verdad: el desastre educativo es del Frente Amplio en su conjunto, lo que incluye, claro está, a toda la llamada izquierda moderada. Los frenteamplistas que hoy ven con buenos ojos este consenso-Eduy21 siempre han preferido conservar la unidad del Frente Amplio y beneficiarse de las ventajas del poder, antes que emprender cualquier acción divisoria que pudiera perjudicar sustancialmente a la izquierda. Y eso es lo que seguirán haciendo. Entre tanto, por supuesto, sus hijos seguirán yendo a la educación privada, faltaba más.

Precisamos criticar con libertad sin ceder a imposiciones morales digitadas políticamente. Precisamos reformas educativas sin hipócritas consensos. El país se juega mucho. La campaña electoral de los partidos desafiantes no puede ser la inocencia de Bambi en el bosque.

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