Francisco Faig
Francisco Faig

No tiene arreglo

Como si fuera un teatro griego, cierto coro de analistas advierte sobre la tragedia de la educación pública. Pero los actores no pueden evitar conducirnos a nuestro destino de país embrutecido.

Como si fuera un teatro griego, cierto coro de analistas advierte sobre la tragedia de la educación pública. Pero los actores no pueden evitar conducirnos a nuestro destino de país embrutecido.

Más allá de actuales renuncias y rencillas, lo cierto es que en 2014 los partidos tradicionales plantearon sus opciones para enfrentar la crisis. El tema se debatió. Se conocieron bien los antecedentes del caso: la poca voluntad de Vázquez de establecer acuerdos con la oposición sobre estos asuntos; las graves dificultades que ya existían en primaria y secundaria; y el fracaso de la administración Mujica en siquiera evitar el deterioro. Vázquez defendió el legado de la década frenteamplista y relativizó las críticas opositoras. Y el pueblo decidió por amplísima mayoría que él debía conducir las reformas en educación.

Nuestro pueblo tiene una paciencia bíblica para juzgar a sus representantes políticos preferidos. De ella, ahora, se beneficia el Frente Amplio. Pero además, no logra imaginar el largo plazo que se está construyendo, hecho de decenas de generaciones mal formadas para la competencia laboral que permita el ascenso social. Por cierto, los numerosos intelectuales compañeros (o ex -compañeros que ahora se las dan de objetivos), rumiantes pastando en el tranquilo potrero de la subordinación funcionarial, siempre pasivos, casi nada le advierten, a pesar de pasear con bovina agilidad mental, su sacerdotal, condescendiente, periódica y monótona voz politológica, en los medios masivos de comunicación.

Distinta es la dirigencia frenteamplista, más informada y con responsabilidad política. Ella sabe que los costos de esta mala educación popular serán pagos muy a futuro. Pero también cree, a veces con sinceridad adolescente, que el neoliberalismo acecha tras cualquier cambio, y que en realidad vamos de a poquito pero vamos bien. Están también los cínicos a la Simón, que es esa izquierda paqueta con hijos y nietos en la educación privada y bilingüe pero que se rasga su toga progresista contra el imperialismo de Google con Ceibal, en la educación pública.

Aunque algunos no quieran aceptar nuestro destino trágico, no hay vuelta. Vázquez no va a buscar acuerdos con la oposición; los sindicatos van a trancar cualquier atisbo de cambio porque sus dirigentes de izquierda adhieren al modelo educativo cubano; y la ideología anquilosada y conservadora que domina al comité de base y al aplaudido Mujica, marcará el inmovilismo nacional. Claro, de vez en cuando alguna autoridad dirá que se están llevando adelante grandes transformaciones, como la iniciativa de inaugurar escuelas para cambiar el ADN, según Muñoz.

No tiene arreglo. Por desidia y egoísmo o por incapacidad colectiva, o por combinación de ambas, lo cierto es que no hay masa crítica ni social ni política, para romper con esta inercia. Ella sitúa a los más ricos con una relativamente buena educación, y al resto de la población, que es la inmensa mayoría de las familias que no dispone de alrededor de $15.000 por mes y por hijo para pagarla, sin herramientas para insertarse en el mundo que viene. Este es el país que esta izquierda gobernante, que se considera moralmente superior, está construyendo.

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